Sebastián Da Silva
La cercanía con la realidad política argentina y sus consecuencias en nuestro país, obligan al análisis del resultado de la elección. Soy de los que cree que pese a que las relaciones entre las Cancillerías han dejado mucho que desear, no hay mejor gobierno para los uruguayos que el gobierno de los Kirchner. Ellos por su forma de actuar impulsan la inversión fuera de su país, en donde como es obvio nos hemos visto beneficiados.
Argentina es uno de los países más ricos del planeta. Dentro de su territorio conviven los mejores suelos del mundo, con riqueza petrolera, mineral, costa oceánica y un abanico de climas que le permiten hacer de sus productos un verdadero privilegio. Quizás por estas circunstancias es que sociológicamente tienen aristas únicas.
El apoyo a Galtieri en la invasión a Malvinas, su posterior repudio en 60 días, la hiperinflación y sus consecuencias en la administración Alfonsín, la época de Pizza con Champagne menemista, el apoyo a la lógica de los noventa con la convertibilidad incluida, la novela del aplauso al default y el desfile de presidentes en 10 días del 2001 hasta la irrupción de la era K, justifican la letra del tango Cambalache. Es un país donde a pesar de todos estos malos políticos, su enorme potencial productivo, y la capacidad de trabajo de su gente siempre terminan venciendo. Uno imagina la seriedad y solemnidad de la clase política uruguaya, la modernidad de la clase política chilena, o la magnificencia de la clase política brasileña, gobernando Argentina y no duda en que serían hoy potencia mundial.
Pero ellos tienen sus espejos en sus gobernantes, donde un oficialismo sortea cómodamente centenares de denuncias de corrupción, una oposición ciega que no supo capitalizar el estado de ánimo de la gente hace solo dos años y un estado de formación de opinión pública ambivalente que ayer crucificaba a Cristina por los líos con el campo y hoy la pone a días de una victoria en primera vuelta.
Parte de este mérito lo tienen el Partido Justicialista. Adictos al manejo del poder, con una envidiable estructura territorial, y con un afán de permanencia infinito, logran al mismo tiempo internas salvajes, derrocamientos permanentes y ante la más mínima amenaza cantar unidos la marcha peronista y prepararse para el enfrentamiento del día después. Sindicalistas con fortunas y autos último modelo y jet privados, junto a punteros piqueteros y jóvenes ofreciéndose para la liberación del imperialismo explican esa barrera infranqueable, que aunque parezca bizarro, los hace imbatibles a la hora de los votos.
La Presidenta es una síntesis perfecta del imaginario peronista, su viudez incluso la acerca al recuerdo de Evita, y el viento de cola, que todas las economías productoras de materias primas han tenido en estos últimos diez años, llevan al más esperable de los resultados electorales.
Por tanto aquello de que cada país tiene el gobierno que se merece, se ajusta simétricamente a los argentinos, pese a Cristina, y pese a la derrotada oposición.