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Francisco Faig
Estamos ante una crisis profunda de la unidad de acción del Frente Amplio o ante una tormenta interna pasajera?
Primero, el objetivo del Ejecutivo con la participación pública privada se cumplió: guste o disguste, la ley fue aprobada por unanimidad. Luego, el Partido Comunista no sufrió una sanción tan grave por su nueva indisciplina: su ministra cayó -era inevitable luego de su pobre gestión-, pero los comunistas fueron premiados nada menos que con el ministerio de Salud Pública.
Finalmente, con sobresaltos, la izquierda sigue ocupando todo el escenario político: es oficialismo y oposición a la vez, opacando así la tarea de los otros partidos políticos.
Aquel que crea que el proceso que vive el Frente Amplio termina con su inexorable división omite las enseñanzas que todos en la izquierda han aprendido desde hace años: dentro del Frente todo se obtiene; fuera de él, no hay nada.
Lo sufrió Hugo Batalla en 1989; lo experimentó la extrema izquierda, que ni un solo diputado alcanzó, en el 2009.
Por muy profundas que sean las diferencias en la interna, siempre, las soluciones terminan apareciendo. Ciertamente, muestran cada vez más desembozadamente el reparto de poder y la politiquería interna de la coalición. Pero no es nada que no se supiera, al menos, desde "Pepe Coloquios".
Así, como cualquier gran movimiento populista que hace convivir a sus extremos opuestos dentro de la lógica misma del enfrentamiento constante, larvado o explícito, el Frente Amplio conduce al país de crisis interna en crisis interna sin dejar que la sangre llegue al río. Es decir, sin dejar por el camino su sentido de unidad electoral que asegure, a todos sus sectores, seguir en el poder.
El frente sindical será el nuevo escenario de enfrentamiento. Los comunistas presionarán desde allí para seguir ocupando espacios de poder, encauzar a su barra más extremista-anticapitalista y asegurarse de no ser desbordados por la extrema izquierda. Los tupamaros ya han anunciado que se desplegarán en ese terreno para contener la influencia comunista y, de esa forma, prolongar en el mundo del trabajo el conflicto tupa-bolche que anima la interna de la izquierda vernácula desde los años sesenta.
Todo esto es bastante obvio. Sin embargo, detrás de estos debates que ocupan la atención política, se esconde la profunda incapacidad del Frente Amplio de llevar adelante una gestión de excelencia.
Porque no es verdad que los antecedentes de Olesker en salud pública aseguren que será un buen ministro de desarrollo social; ni lo es que la profundización del giro a la izquierda querida por los comunistas sea lo que el país precisa; ni lo es que podamos avanzar en prosperidad con conflictos sindicales desaforados que esconderán izquierdistas rencillas de poder.
El país precisa, con urgencia, un Frente Amplio moderno y socialdemócrata. La vieja guardia, moderada, socialista, comunista o tupamara, entretiene al país con el circo de sus desavenencias internas. Pero ha demostrado, hasta el hartazgo, ser incapaz de liderar esa modernización.









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