Guillermo Zapiola
Todo comenzó con una vaca que cayó del cielo. El resultado final fue una película, "Un cuento chino", dirigida por el argentino Sebastián Borensztein y protagonizada por Ricardo Darín, que llega mañana a Montevideo.
Lo de la vaca fue el disparador inicial, y se trató de un hecho rigurosamente histórico. En diciembre de 2007, el periódico ruso Komsomolskaja Prawda informó efectivamente que un bovino había caído del cielo y hundido un pesquero japonés. Un grupo de soldados rusos había robado unos animales y los transportaba en un avión. Los bichos se descontrolaron, y los ladrones no tuvieron más remedio que arrojarlos al mar. Uno de ellos "bombardeó" el pesquero en cuestión.
Al director y libretista Borensztein, hijo del célebre cómico Tato Bores y que tiene a sus espaldas una carrera como guionista y director de televisión e hizo para la pantalla grande la comedia La suerte está echada (2005) y (en México) el `thriller` Sin memoria (2010), el episodio le llamó la atención y le sugirió un argumento de ficción. En su película es un sampán chino, no un pesquero japonés, el que recibe en la primera escena el celestial ataque rumiante. Lo que viene después proviene de la imaginación del cineasta.
Esa ficción traslada al tripulante (Huang Sheng, o Ignacio Huang) del hundido sampán, que no habla castellano, a la Argentina, y lo vincula con un porteño (Ricardo Darín) que no habla chino. Buen comienzo para una amistad. Hay un tercer personaje importante en el asunto, la chica enamorada del personaje de Darín (Muriel Santa Ana).
protagonista. Darín encarna a un impaciente ferretero marcado por el recuerdo de sus padres y la guerra de las Malvinas. Es también un coleccionista de noticias absurdas, y era probablemente inevitable que tarde o temprano se fijara en la historia de la vaca estratosférica. De ahí al conocimiento del chino involucrado, y de la decisión, más bien reticente, de acogerlo en su casa, hay apenas un paso. Hay dificultades, claro, porque el argentino es un tipo más bien inaguantable, tampoco aguanta a los demás, y periódicamente trata de sacarse de encima a su huésped. No lo hace, sin embargo, quizás porque hay lazos que los unen: el común absurdo de una vaca voladora o una guerra idiota, por ejemplo.
El cineasta Borensztein entiende que el personaje de Darín es "el típico argentino medio de mi generación y un poco mayor, hecho harina por el sistema. Su reloj se ha detenido hace treinta años y ha vivido atrincherado en su casa, hasta que un extraño evento le abre la puerta a la posibilidad de algo mejor". Interrogado acerca de cuánto hay de Darín y cuánto de él mismo en ese protagonista, Borensztein responde que está más inspirado en él que en su actor.
Borensztein añade que se siente identificado en el sentido de que el sistema "está construido para reventarnos todo el tiempo y uno quiere ver cómo zafar de eso". Se reconoce "protestón" ante lo injusto, y hasta señala que su mujer sostiene que el "el personaje soy yo, que estoy contra los servicios, los sistemas, las cosas". Todos somos así, asegura. Algunos son más mansos y "se la bancan más", pero "todos estamos como desprotegidos". No fue difícil escribir el guión, asegura. Toda la sociedad argentina está expuesta al desamparo que experimenta su protagonista.
La película ha sido una de las más exitosas en taquilla de toda la historia del cine argentino (por ahora le viene ganando incluso a El secreto de tus ojos, la oscarizada producción de Campanella también protagonizada por Darín), y la pregunta se vuelve casi inevitable: ¿cuánto ha influido el actor en ese éxito? A estas alturas resulta bastante evidente que Darín se ha convertido en el icono número uno del "cine comercial de calidad" argentino.
MODELOS. Borensztein está de acuerdo, aunque con algún matiz. El público argentino, señala, ha aprendido razonablemente a desconfiar de la producción nacional, y la figura de Darín es algo así como un "seguro" de calidad media: si está él, la película no debe ser mala del todo. Pero incluso ese seguro no funciona siempre: el público no respondió ante cosas como Sammy y yo, o las que hizo en España (La educación de las hadas, El baile de la victoria). Se trata, lo reconoce, de excepciones. En general, es mejor tener a Darín que no tenerlo.
El director defiende el "cine comercial de calidad", e insiste en que no hay que temerle al concepto de "comercialidad". Por ignorarlo, hay películas argentinas que mueven solo 2.000 espectadores; para él, el modelo a seguir debería ser el cine norteamericano. "De los Estados Unidos nos viene lo mejor y lo peor que vemos", afirma.
Considera también que el cine argentino debería trabajar con más inteligencia el "cine de géneros". Y ha demostrado que sabe moverse: Un cuento chino costó dos millones de euros y cuenta con cuatro apoyos básicos: dos argentinos (Telefé Cine y Pampa Films), la empresa Tornasol Films, y la norteamericana Buena Vista, que la distribuye internacionalmente.
La cifra
900.000 Son las entradas que la película llevaba vendidas en Argentina hasta fines de mayo. Todavía se mantiene en exhibición.
Una trayectoria en la televisión y el cine
Nacido en Buenos Aires en 1963, Sebastián Borensztein no es solamente el hijo del célebre cómico Tato Bores. Desde hace unos quince años se ha venido afirmando como una personalidad significativa, primero en la televisión argentina y ahora en el cine.
Se ha desempeñado ocasionalmente como actor, pero sus principales aportes han tenido que ver con la escritura, la producción y la dirección de televisión. Ha estado vinculado a series y miniseries como El garante (1997), Malandras (2003), Piel naranja diez años después (2004, Tiempo final (2008-2009) y algunas más. Con su hermano Alejandro dirigió en 1999 La Argentina de Tato, una serie "documental apócrifa" sobre la figura de su padre.
En 2005 dio el salto al largo para la gran pantalla con la comedia La suerte está echada, y más cerca hizo en México el "thriller" (por encargo, según reconoce) Sin memoria (2010).
La tv local son solo chimentos
En términos generales, Borensztein no está satisfecho con la situación actual de la televisión argentina. "No está buena, salvo algunas excepciones, porque siempre hay gente que trata de cuidar su espacio". En los tiempos en que él hacía televisión, añade, se hacía cargo del espacio que ocupaba, de la hora que le tocaba, porque "no me podía hacer cargo de lo que pasaba a mi alrededor".
"Mucha gente se hace cargo, y muy bien, del espacio que le toca, pero la gran masa, el resto, no", agrega. Sin embargo está convencido de la utilidad ("el poder democrático", lo llama al principio, aunque luego reemplaza el concepto por otro más contundente: "el poder autoritario") del control remoto. Nadie obliga a nadie a ver nada, y si no le gusta siempre queda la opción de cambiar de canal. Afortunadamente, agrega, hoy hay más opciones. Él ve documentales y los noticieros, pero si quiere ver una serie busca "lo que se hace en serio" (Mad Men, 24). "Hay una regionalización de la ficción que quedó en manos de Estados Unidos", reflexiona. La TV local se volvió más local, y lo local son los chimentos.