Familia temible

Jorge Abbondanza

Pocas familias han tenido en la historia una fama tan negra como los Borgia. Seguramente la realidad fue menos siniestra que la leyenda y en todo caso se trató de gente muy hábil para llegar al poder. De origen valenciano, se llamaban Borja cuando desembarcaron en Roma para que uno de ellos, Alfonso, se convirtiera en Papa con el nombre de Calixto III (1455). Pero la celebridad familiar llegaría cuatro décadas después, cuando Rodrigo Borgia sobornó a los prelados del Cónclave para que también lo proclamaran. Se llamó entonces Alejandro VI entre 1492 y 1503, a pesar de haber convivido públicamente con la romana Vanozza Catanei, de la que tuvo cuatro hijos, dos de ellos (Lucrecia, César) muy notorios.

En Estados Unidos la televisión por cable estrenó hace 15 días el primer capítulo de Los Borgia, una serial de gran despliegue que retrata a esas figuras renacentistas sobre libreto del productor Neil Jordan, que además dirigió varios episodios. En el papel de Alejandro VI aparece el inglés Jeremy Irons, que tiene a favor su reconocido talento (Mi secreto me condena, Retorno a Brideshead) y en contra su flacura para encarnar a un personaje de físico monumental. Últimamente, empero, el parecido exterior no preocupa al cine ni a la televisión cuando presentan figuras históricas, como demostró la serial británica The Tudors, con el galán Jona -than Rys-Meyers encarnando al voluminoso Enrique VIII.

Ahora Los Borgia se basa en la biografía familiar que escribió el norteamericano Mario Puzo, cuyo antecedente de El padrino permite pensar que la prole de Alejandro VI pueda estar teñida de contornos mafiosos. De hecho, los Borgia son acusados de cometer asesinatos por motivos políticos y también están sombreados por la promiscuidad del pontífice, menos grave en todo caso que las sospechas de incesto entre César y Lucrecia. Pero Alejandro también fue un mecenas de las artes y un gran diplomático, que entre otras cosas arbitró el Tratado de Tordesillas para delimitar las posesiones coloniales de España y Portugal. Pero su rivalidad con el cardenal Giuliano della Rovere, que después fue el papa Julio II, desencadenó las malas lenguas e inauguró la mala fama de la familia.

No siempre es merecida, a pesar de que el cine ha presentado varias veces a César como un monstruo y a Lucrecia como una depravada. En la realidad, ella fue manejada por su padre a través de tres matrimonios de conveniencia, y el último de ellos -con el duque de Ferrara- marchó muy bien, duró largos años y permitió que patrocinara a poetas y pintores en una corte de gran lustre cultural. Habrá que estar atento cuando la serie llegue a los canales de cable locales, para ver el desfile de esos potentados del Renacimiento desde un siglo XXI donde se utilizan otros recursos -y se emplea menos arsénico- para liquidar a los enemigos.

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