Dr. Jorge Grunberg
Después de muchos años de evasivas, hemos aceptado, casi unánimemente, que nuestro sistema educativo tiene graves deficiencias y que esto tiene implicancias trascendentes para la igualdad de oportunidades y para el desarrollo nacional. Es un consenso importante porque es "aideológico"; la preocupación por la mejora educativa atraviesa generaciones, clases sociales y opiniones políticas.
Para mejorar la educación tendremos que reformar el sistema educativo, que permanece estático en sus paradigmas fundamentales desde la reforma de José Pedro Varela. Esto requerirá un esfuerzo nacional por definir metas educativas de amplio apoyo social que puede transformarse en una oportunidad unificadora para nuestra fragmentada sociedad que parece impedida de proyectarse más allá de estereotipos y cálculos electorales.
Es positiva la atención social sobre la educación que se ha generado en nuestro país, sin embargo puede confundirnos sobre las verdaderas raíces de nuestro potencial incumplido. Mejorar el sistema educativo es importante, pero si no se encaran las causas sociales y culturales subyacentes a nuestro "prolongado declive", como lo llama Gabriel Oddone en su reciente libro, en definitiva va a ser inconducente.
En la década de 1950 el producto por habitante de Uruguay era similar al de Bélgica o Dinamarca, en 2000 era menos de la tercera parte. Durante buena parte de ese lapso la educación uruguaya era efectiva y con amplia cobertura en sus niveles iniciales, por lo que es ilusorio pensar que mejorar la educación va a ser suficiente para garantizar un desarrollo sostenible. Este estancamiento no es historia antigua. Investigaciones recientes concluyen que la producción de nuestro país se ha vuelto menos sofisticada en los últimos años, que nuestras exportaciones tienen una proporción cada vez mayor de recursos naturales con escaso valor agregado y que el panorama futuro no promete mayores cambios.
La educación tiene una relación simbiótica con la sociedad a la que sirve. Las carencias de nuestro sistema educativo reflejan nuestras ambigüedades en la definición de nuestras aspiraciones, nuestros valores y nuestro modelo de desarrollo.
Una cultura adversa al riesgo y al emprendimiento, concentrada en explotar sus recursos naturales y con un Estado omnipresente, es esencialmente poco meritocrática, un ejemplo de lo cual es la distribución de cargos al azar (miles de cargos públicos se asignan literalmente por sorteo en nuestro país, una práctica contraria a cualquier noción de meritocracia y de incentivo a la formación personal).
Continuar con este modelo productivo nos va a impedir ofrecer a los uruguayos niveles de prosperidad e igualdad comparables a los países que generan empresas innovadoras, cultivan y retienen sus talentos y atraen inversiones con aplicaciones intensivas de conocimiento orientadas al mundo.
Una sociedad dinámica, innovadora y meritocrática incentiva a los ciudadanos a invertir en su educación y luego a canalizarla productivamente.
Esta "indefinición estratégica" es notoria cuando nos comparamos con países como China o Corea del Sur, que hasta hace relativamente poco tiempo veíamos con condescendencia en cuanto a su capacidad de desarrollo económico y tecnológico.
Actualmente importamos de China automóviles y tecnología de telefonía celular y le exportamos soja y vacas lecheras. De Corea del Sur importamos automóviles y equipos electrónicos de última generación y exportamos leche y pescado.
Hoy disfrutamos de un crecimiento inédito de la economía, pero basado en el mismo modelo productivo que en el siglo pasado. Si queremos llegar a ser un país desarrollado, deberemos mejorar nuestro sistema educativo, pero además actualizar ese modelo productivo y las pautas culturales que caracterizaron y posiblemente causaron nuestro "largo declive". La teoría económica más moderna y aceptada internacionalmente pone como factor central del crecimiento de los países a los procesos de innovación.
La educación es un componente de los sistemas de innovación, pero una educación de excelencia no genera innovaciones en ausencia de una cultura de emprendimiento, un marco legal que asegure al individuo sus derechos, fuentes accesibles de capital y una infraestructura física y digital que conecte al país con el mundo.
Todo esto nos lleva a la cruz de la cuestión: ¿cuál es nuestro modelo de país? ¿Nos resignamos a ir hacia la "convergencia de los promedios" que significa equipararnos con América Latina o aspiramos a equipararnos con los resultados de países que en pocos años han mejorado la calidad educativa y de vida de sus ciudadanos en varios órdenes de magnitud?
Nuestro bicentenario es una oportunidad para resolver esta crisis de identidad.