Savonarola, el profeta desarmado

Luciano Álvarez

En la película "El Tercer hombre", Harry Lime, justifica sus crímenes con esta frase: "Después de todo no es tan horrible. En Italia durante treinta años bajo los Borgia, hubo guerras, terror, asesinatos y un baño de sangre, pero nos dieron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraterno, 500 años de democracia y paz, y ¿cual fue el resultado?: El reloj cucú".

Este parlamento hubiese disgustado a Rodrigo Borgia, que fue Papa como Alejandro VI, mucho menos por lo que dice que por lo que ignora. El Papa Borgia fue por sobre todo un hombre de estado moderno, un oficio cuyas leyes habría de descubrir Maquiavelo. La religión y las artes eran meros adjetivos para quien pretendía -y en parte lo logró- crear un poderoso reino temporal. A Girolamo Savonarola (1452 - 1498) le habría enfurecido.

Se hizo monje domínico menos por el amor que por la indignación: "La razón principal (…) ha sido esta: ante todo, la gran miseria del mundo, las iniquidades de los hombres, los estupros, los adulterios, los latrocinios, la idolatría, las blasfemias crueles, pecados por los que el mundo ha caído tan bajo que ya no se halla en él quien obre el bien".

En mayo de 1482 es enviado a Florencia, la ciudad renacentista por excelencia. Lorenzo el Magnífico, está en la cumbre de su poder y popularidad. El mundo florentino le causará horror: odia las canciones de carnaval que aturden las calles; le estremece la moda, la moral y la filosofía paganas que infectaban incluso a los propios domínicos.

Durante la Cuaresma de 1483 apenas a unos pocos fieles se acercan hasta su púlpito de San Lorenzo para escuchar la atormentada convicción de sus palabras, mientras la multitud se agolpa en Santo Spirito para disfrutar de la retórica elegante del agustino Mariano da Genazzano. El fracaso lo golpea, renuncia a la predicación, se encierra en el convento, al cabo de un tiempo deja la ciudad y se dedica a la enseñanza en la célebre Universidad de Bolonia.

En 1491 tendrá su revancha; ha pulido y afilado sus recursos y vuelve a Florencia como prior de San Marcos. Será el último predicador de la Edad Media, el más poderoso e inflamado enemigo del Renacimiento. En 1492 revela que había visto, en medio del cielo, una mano que sostenía una espada rodeada de una inscripción: "He aquí la espada de Dios que pronto caerá sobre la tierra". La inmediata muerte de Lorenzo de Medici y el Papa Inocencio VIII, parece probar la profecía. Pronto le escucha un público extasiado en medio del cual el pueblo llano se codea con los pintores poetas y humanistas más renombrados: Botticelli, Angelo Poliziano, Marsilio Ficino, Pico de la Mirandola...

El 8 de noviembre de 1494 los florentinos expulsan al infeliz Piero de Medici y Savonarola surge como el líder carismático de una suerte de democracia teocrática, sin ocupar ningún cargo: "la mejor forma de gobierno para Florencia -escribe- es el régimen democrático, aunque en sí no sea el mejor". Lo que instaura es un régimen policíaco.

Todas las actividades humanas deben volver nuevamente al exclusivo servicio de la religión. El martes de Carnaval de 1497 hizo levantar en la plaza de la Señoría la "hoguera de las vanidades": la multitud arrojaba obras de arte -Sandro Botticelli llevó varias de sus pinturas mitológicas- libros, espejos, maquillajes, ropas lujosas, incluso instrumentos musicales y manuscritos con canciones seculares, naipes, mesas de juego… Savonarola clama: "La ley de los sacerdotes quedará abolida y serán despojados de sus dignidades. Los príncipes se pondrán cilicios…"

Alejandro VI, cínico y tolerante, tenía asuntos más importantes que la alharaca moral de ese pobre fraile. De todos modos aplicó sus recetas: primero el soborno -ofreció nombrarlo Cardenal- y luego la excomunión, sin éxito ni preocupación. Pero cuando Florencia se negó a entrar en la gran liga italiana contra Francia, colmó el vaso. O se deshacen del fraile o pagarán duras consecuencias. Savonarola caería por razones políticas, no religiosas ni morales.

Todo su poder emanaba de su carisma y buena parte de él residía en su capacidad profética y en una supuesta comunicación directa con Dios. Entonces Francesco de Puglia, un franciscano le desafió a una prueba de Dios: "Estoy convencido de que arderé, pero acepto este sacrificio con gusto para librar al pueblo: si Savonarola no arde conmigo, le podréis considerar un verdadero profeta". Se fija para el 7 de abril de 1498 y los paladines debían atravesar un corredor de un metro y medio de ancho situado entre dos hogueras de 90 metros de largo y quince de ancho cada una. El Papa, hombre del Renacimiento, al fin, censuró esa provocación supersticiosa ingrata a Dios, pero los florentinos querían una ordalía a toda costa. Savonarola duda, teme.

Domenico de Pesci se ofrece a sustituirlo y acepta. En el momento fijado, la negociación de las condiciones habilita una larga discusión teológica ante la irritación de la muchedumbre que esperaba el espectáculo. Entonces empieza a llover intensamente y el público se retira frustrado. Savonarola ha caído en el descrédito y es un blanco fácil. Lo detienen, se arma una parodia de juicio que dura cuarenta y dos días. Bajo tortura, firma todas las confesiones que se le ponen delante. El 23 de mayo fue ahorcado y quemado en la Plaza della Signoria y sus cenizas arrojadas al río Arno.

Entre los testigos de los hechos se encontraba Nicolo Maquiavelo quien escribió su primer documento conocido, el 9 de marzo de 1498, precisamente sobre el monje domínico. Desprecia su ausencia de realismo político, su debilidad de profeta desarmado y su confusión de política y moral, "dividiendo a la humanidad en dos bandos: uno que milita con Dios, el suyo; y otro con el diablo, el de sus adversarios".

Ingresar en las intrincadas peripecias de los Borgia y Savonarola, que apenas enuncié, puede producir una saludable perplejidad sobre la madeja de los perjuicios de la virtud, la practicidad del cinismo, el poder y la política.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar