En Libia, el gobierno del "Hermano Líder y Guía de la Revolución", Muammar al-Gadafi, emplea aviones, helicópteros y artillería contra manifestantes desarmados que protestan contra su dictadura que lleva 41 años en el poder. La ola de disconformidad no cede, a pesar de la severidad de la represión impuesta por algunos gobiernos.
Los acontecimientos revelan los extremos a que están dispuestos a recurrir Gadafi y sus similares para conservar un poder que se les escapa de las manos debido a los cambios demográficos, el surgimiento de un natural anhelo por un gobierno más democrático y, en algunos casos, a las diferencias religiosas entre chiítas y suníes. Las nuevas circunstancias han tomado por sorpresa a esos gobiernos, a pesar de todos los abusos de sus servicios de seguridad, las violaciones sistemáticas de los derechos humanos y las enormes sumas invertidas en armamentos. Pero, los líderes del Oriente Medio no han sido los únicos sorprendidos. También fueron tomadas desprevenidas las grandes potencias que de una u otra manera apoyaban esos regímenes. Incluyendo a Francia (con su estrecha relación con el anterior gobierno de Túnez), los Estados Unidos (que tenía fuertes lazos con Mubarak, en Egipto, y con la casa gobernante en Bahréin) y el Reino Unido (que se ha esforzado en mejorar sus vínculos con Libia, a pesar de la tragedia de Lockerbie).
De pronto, esas potencias descubrieron las facetas menos aceptables de sus aliados de ayer y, con gran soltura, los exhortan a defender los derechos humanos y promueven la transición hacia sistemas más democráticos y respetuosos de la voluntad popular. El Príncipe de Salina seguramente habría sabido apreciar ese rápido cambio de política.