Las aguas tienden a calmarse dentro del oficialismo, en lo que refiere a innovaciones en materia tributaria. Asistimos una vez más a esos espectáculos de farándula política, propios de la coalición de gobierno, en cuyo seno y en pocos días, vimos desautorizaciones recíprocas entre figuras de importancia. Ello las torna aun más graves, pero lamentablemente ya estamos acostumbrados. Fue al propio Presidente a quien le pareció bien que todos opinaran sobre cómo había que distribuir el ingreso. Esta convocatoria al diálogo público cuando de impuestos se trata, es por lo menos una imprudencia.
Así lo hizo notar Lucía Topolansky, sin nombrar al Presidente, pero sí a algunos compañeros del MPP que ingresaron en el debate. Probablemente aludiera al senador Saravia, que en el clímax del delirio, se mostraba dispuesto a acompañar a los comunistas en la peregrina idea de declarar a la tierra como patrimonio nacional, facultando al Estado a expropiársela a sus propietarios por razones de "mal uso". Y seguramente, al senador Couriel, por su propuesta de imponer detracciones a las exportaciones. Al final, entre Astori, el propio Mujica y el ministro de Economía, cuya opinión pareció no importar demasiado al comienzo de la función, comunicaron que todo lo que se haría es rebajar dos puntos de IVA y algún retoque a las deducciones del IRPF, pero hubo adjetivaciones en tono airado que no pasaron inadvertidas. Para el Presidente -que pudo haberlo dicho antes y evitar así este alboroto- resulta "inmoral" cambiarle las reglas de juego a los inversores, concretamente en el sector agropecuario. Tiene razón. Y para Astori, es reprobable el "inmediatismo" del Frente, considerando "oportunismo tributario" agravar la carga impositiva de algún sector que se habría beneficiado con la coyuntura excepcional que vive el país. Teniendo en cuenta que ésa fue precisamente, la idea de Tabaré Vázquez que también se introdujo en la discusión, queda margen para dudar si no salió malherido de una bala perdida, con el mote de "inmoral" u "oportunista". Terminado este episodio que siguió al trámite del Presupuesto y cimbronazos de conflictividad, parecería que a este gobierno ya no lo quedan excusas para ubicarse de una vez como tal, y cumplir con el cometido del soberano.
Todo hace prever que por un buen tiempo, la bonanza continuará. El pronóstico es que la demanda de los países asiáticos apuntando a commodities agrícolas será sostenida. Pero ello no da para tirar manteca al techo. En ese aspecto, es necesario que se tengan en cuenta las reflexiones, preocupaciones y consejos de Enrique Iglesias, advirtiendo sobre los peligros del pecado de la autocomplacencia.
Coincide con que sería suicida para el estímulo a la inversión, cambiar las reglas de juego. A quien le caiga el sayo que se lo ponga, aunque se llame Tabaré Vázquez, apuntamos nosotros. En el corto plazo, -observa Iglesias- que es tentador captar impuestos para distribuirlos. Pero en el largo plazo, el país tiene que seguir siendo atractivo para los inversores.
Además, un factor que se debe tener en cuenta es que el gasto público en Uruguay es de muy baja calidad. Una de las mayores vulnerabilidades de nuestra economía es la falta de recursos humanos. Esto no es sólo un problema de la cuantía de las asignaciones presupuestales a la educación, sino también de controlar la calidad del gasto social. Esa carencia afecta a la tecnología, el país tiene escasez de mano de obra en sectores vitales, observa Iglesias. La mies es mucha, los obreros pocos. Y hay también problemas estructurales que atender como los que afrontan los países que luchan por tener una moneda más débil para mejorar su competitividad. Iglesias reconoce el esfuerzo del gobierno en defender la caída del dólar, pero considera que hay que trabajar en varios frentes para que no se agrave este problema que está preocupando seriamente al gobierno que según ha trascendido, mira de reojo lo que pueda suceder en la región, especialmente en Brasil. Son muchas las asignaturas pendientes y ya pasó un año.