El jueves próximo a las 19.30 horas se inaugurará en el Subte Municipal de la Plaza Fabini una muestra de pintura y técnicas mixtas de Óscar Larroca, titulada "Bordes", que permanecerá abierta al público hasta el mes de marzo.
Cuando la reproducción de una imagen real se asocia al virtuosismo, puede generar un acto de magia que consiste en la fuerza resucitadora de esa réplica. Así el observador se interna en un ámbito donde los desdoblamientos asumen por su calidad un valor equivalente al de las fuentes de las que provienen, igual que si lograran el prodigio de identificarse con la vida que imitan.
Esa reflexión es útil para comprender el grado de seducción que despiertan los trabajos actuales de Óscar Larroca, un artista plástico que recurre a la multiplicidad de técnicas -tinta, lápices policromos, pastel, grabado, fotografía, medios digitales- para simular la realidad de los cuerpos y objetos que representa, hasta lograr que el resultado se unifique en la ilusión de una verdad (la figura humana, los animales, las plantas) de la que apenas es el simulacro plano. Ese acto de apropiación de los modelos a través de la portentosa fidelidad de la imagen que los copia, es un alarde únicamente posible cuando interviene la capacidad de un artífice.
Al recorrer la caleidoscópica manipulación de signos, el abanico de referencias a las otras artes y la alusión al espectro visual y sonoro que pasa a través del hombre y lo enlaza con el mundo, corresponde detenerse en el umbral de ese viaje, que es el placer de recorrer la obra.
En esa etapa Larroca exige no solamente un detenimiento fuera de lo común, sino además un cuidadoso manejo de las distancias, porque una gradual aproximación va revelando los universos en que se interna, las estampas minúsculas que se descubren como si se desprendieran poco a poco de la exploración visual, aplicando una suerte de mirada telescópica que el pintor habilita con su elaboración de esas constelaciones diminutas, donde no faltan las guiñadas a la distintas esfera de los íconos contemporáneos (del cine, por ejemplo, con Mélies, Buñuel, Greenaway), ni la ilustración de un inagotable jardín de las delicias a partir de un retrato de Pisanello donde Larroca salta sobre seiscientos años para complacerse con los pájaros y flores que incrusta en torno a la impávida silueta femenina del colega pre-renacentista, cuya figura encarna la cualidad perdurable de la hermosura por encima del tiempo.
UNA EVOLUCIÓN. La visión de Larroca sobre las cosas de este mundo ha ido enriqueciéndose a medida que el artista pasaba del blanco, gris y negro del grafito hacia el radiante cromatismo de los últimos tiempos. La riqueza también ha crecido mientras el pintor multiplicaba sus puntos de referencia e ingresaba en un área de investigación que lo ha llevado a eruditas indagaciones del lenguaje artístico, como consta en los libros que editó hasta la fecha, La mirada de Eros (2004) y La suspensión del tiempo (2007). En este último está impresa la prédica de Manuel Espínola Gómez, con aquellas propuestas un poco clamorosas, revestidas de una triunfal autonomía de criterio.
En la selección que podrá verse desde el jueves en el Subte, igual que en el libro de hace tres años, el trabajo de Larroca enhebra numerosos temas, desde la sensación de detener el movimiento vital que Espínola reconocía en ciertas pinturas del pasado, hasta aspectos del arte como desdoblamiento del objeto real, encarando los desafíos que plantean el empleo del color y los riesgos de la composición.
Allí se filtra una ecuménica curiosidad por otros medios expresivos, como las letras, el teatro, la arquitectura, la música o el propio cine, donde el tiempo no se suspende sino que corre.
En esa escala de valores gráficos no falta la caligrafía, que llena como un fondo de palabras en miniatura los espacios entre las estampas y atrae la mirada con un alcance a veces hipnótico, logrado a través de un devorador trabajo manual que roza la maravilla aunque no quiera delatarse como tal.
Hace unos años la obra de Larroca no iba más allá de la envoltura de la figura humana. Comenzó por desnudarla y luego la vendó, la amordazó y la embolsó, como metáfora de tantas otras opresiones que pesan sobre la libertad individual, recubriéndola con un invasor erotismo que en 1986 provocó en Montevideo la censura municipal de una de sus muestras individuales.
Ahora la visión erótica del transgresor ha dado paso a la mirada radiográfica -el ojo que observaba los cuerpos termina por atravesarlos - y por eso su estado actual parece haber llegado a una meseta donde se estabilizan los recursos expresivos y su consumada modalidad puede expandirse cuanto quiera.
Ese dominio de las herramientas confiere al resultado, y a esta hilera de trabajos que exhibe 30 años después de su primera exposición individual, la solidez un poco apacible que suelen tener los clásicos, la relativa frialdad que enmarca la maestría de sus propuestas, el límpido geometrismo que ordena sus diagramas, el aire de religiosidad que planea sobre unas imágenes casi inmaculadas, serenas, a salvo de toda turbulencia inesperada.