Una conferencia sobre el silencio

Luciano Álvarez

Dice Borges que es posible "redactar un número indefinido, y casi infinito, de biografías de un hombre", por la mera selección de series de fragmentos de su vida: "No es inconcebible una historia de los sueños de un hombre; […] otra, de las falacias cometidas por él; […] otra, de su comercio con la noche y con las auroras. Lo anterior puede parecer meramente quimérico; desgraciadamente, no." Esta argumentación excesiva y sarcástica, puede leerse en "Otras Inquisiciones" (1952). Sin embargo, el propio Borges, entrevistado por Rubén Loza Aguerrebere (1981), dijo que "una novela o un cuento se escriben para el agrado, si no, no se escriben".

Por lo tanto debiéramos aceptar la posibilidad de ser gratificados con relatos biográficos que, por ejemplo, utilicen como hilo conductor las relaciones entre hombres célebres, comenzando por la tensa y sarcástica conversación entre Onetti y Borges -prólogo de un secreto y mutuo rencor-, en una cervecería de la Avenida Corrientes, vivido por Emir Rodríguez Monegal. Muchas veces pensé en lo admirable que podría ser presenciar una velada entre varios genios, aunque debo admitir, como lo sufrió Rodríguez Monegal, que los resultados suelen ser desastrosos.

Erasmus Darwin (1804-1881), miembro del círculo intelectual del partido Whig británico, era un notable anfitrión de ingenio elegante, sincero, inteligente y modesto. Charles (1809 -1882) era su único hermano varón con quien compartió intensamente su niñez y juventud y los fracasados estudios de medicina. En 1837, el joven Charles Darwin, con sólo 28 años se había convertido en una celebridad merced a la publicación de los hallazgos científicos que había enviado a Londres durante los cinco años en los que dio la vuelta al mundo a bordo del HMS Beagle.

Una noche Erasmus organizó una cena. Los invitados, además de su hermano, eran Charles Lyell (1797-1875), Charles Babbage (1791-1871) y Thomas Carlyle (1795-1881). Los dos primeros habían ejercido una gran influencia sobre el joven científico que ya estaba rumiando su obra fundamental, "El origen de las especies".

Lyell, considerado el fundador de la moderna ciencia geológica, había publicado "Principios de Geología", luego de haber desechado por inútil la ciencia de las grandes Universidades donde "sólo se leían libros". Lyell recorrió Gran Bretaña y buena parte de Europa a pie, en largas jornadas de investigación durante las cuales podía caminar hasta 60 kilómetros. Charles Darwin se convertiría en su mejor amigo y colaborador, aunque Emma, la novia de Darwin decía que "era un peso muerto, capaz de echar a perder una reunión, puesto que nunca habla en voz alta." Charles prefería mencionar su buen corazón y un espíritu caracterizado "por la claridad, la prudencia, el buen criterio y una dosis bastante grande de originalidad".

El segundo invitado, Charles Babbage, había seducido a Darwin con la idea de que el mundo se ajustaba a un conjunto de leyes y que Dios actuaba como un programador matemático. Heredero de un banquero de Londres, dedicaba buena parte de su riqueza a financiar sus experimentos científicos. Era profesor de matemáticas en Cambridge y miembro de la Real Sociedad de Matemáticas, pero consideraba que era necesario eliminar "el trabajo intolerable y la fatigosa monotonía" del trabajo de cálculo, "una de las ocupaciones más bajas del intelecto humano". De modo que dedicó gran parte de su vida a crear un aparato capaz de lograrlo. En 1835 diseñó la máquina analítica, considerada la primera computadora del mundo. Aunque nunca logró hacerla funcionar, por la impropiedad de los materiales disponibles, es considerado el padre de la computación.

Babbage era tan genial como sombrío, obsesionado y con ideas extremadamente firmes en todos los temas. En sus ratos libres, que eran pocos a pesar de levantarse a las 3 de la mañana, emprendía campañas públicas destinadas, por ejemplo, a prohibir a los organilleros y músicos callejeros de Londres. Lo único que logró fue que éstos se instalaran frente a su casa tocando con toda estridencia.

Thomas Carlyle, el tercer invitado, era el más influyente historiador y ensayista británico de su tiempo. Su teoría del Héroe como motor de la historia tuvo un gran peso filosófico y político. Había dado clases de matemática durante algún tiempo y se convenció de que "con números se puede demostrar cualquier cosa".

El ecuánime y discreto Charles Darwin no se abstuvo de expresar su antipatía por Carlyle: "Nadie puede poner en duda su extraordinaria capacidad para describir cosas y personas. [Pero] su inteligencia me parecía muy limitada, incluso si se excluyen todas las ramas de la ciencia que él menospreciaba. […] Encontraba la cosa más ridícula que alguien se preocupara de si un glaciar se movía un poco más rápido o un poco más despacio, o de que no se moviera en absoluto. Que yo recuerde, jamás he conocido a una persona con una inteligencia tan poco dotada para la investigación científica".

Babbage y Lyell, eran buenos aficionados a la charla, recordaría Darwin, aunque sus discusiones pudieran ser un tanto extrañas, en particular las argumentaciones de Babbage que insistía en reducir todo a ecuaciones. Cuando Lyell manifestó su disgusto por la pintura de cierta casa, Babbage le contradijo: "La pintura exterior de una casa debe calcularse según el índice menos uno. Es decir, supongo que la renta es una función."

En cambio la conversación de Carlyle "era dicharachera e interesante, pero a veces se explayaba demasiado en el mismo te-ma". Aquella noche acaparó la palabra durante toda la comida, hablando, paradójicamente, sobre las ventajas del silencio. Su teoría, que luego quedaría como una de sus frases célebres sostenía que "hablar es el arte de sofocar e interrumpir el pensamiento". Darwin recordaría siempre que Babbage cerró la velada apelando a su estilo más sombrío: "De la forma más feroz que le fue posible, dio las gracias a Carlyle por su interesantísima conferencia sobre el silencio".

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