JORGE LARRAÑAGA
Día a día se escribe en columnas de opinión, la tesis que la oposición está ausente. No encontrarán aquí, ahora y nunca, una palabra de censura a aquellos que piensan distinto, pero permítaseme, en estas líneas, discrepar con tal elucubración. Opinar es fácil. Lo difícil es representar. Representar a la gente.
Quienes me conocen saben que lo nuestro no es un mero posicionamiento electoral. Es ser fiel a nosotros mismos. Y siendo coherentes con nosotros mismos, es que somos fieles a quienes representamos. Somos, por sobre todas las cosas, servidores públicos. Y así como exigimos un gobierno al servicio del país, somos una oposición al servicio del país. Ingresamos a la actividad que practicamos, porque queremos un Uruguay mejor. La política no está al servicio de los políticos y sus intereses, quien así la entienda no hace política, hace politiquería; la versión más desdeñosa y mezquina de la actividad.
La política está para servir, no para servirse de ella. "Nosotros tenemos responsabilidades para con la Patria y las vamos a cumplir" decía Wilson Ferreira hace 25 años. Ese es el faro que nos guía. Nacimos a la vida nacional bajo la premisa de que "lo que es bueno para el país es bueno para el Partido Nacional", nos sentimos orgullosos herederos de ese legado. Y ese legado de gobernabilidad, esa antorcha que con honor cargamos, nos obliga a trabajar todos los días por una sociedad mejor. Desde el lugar que sea. Nos formamos bajo la doctrina de gobernabilidad de Wilson, asociando la ética de las convicciones con la ética de la responsabilidad. No concebimos otro modo de ejercer nuestra función. Otros en cambio parecen asociarse a la ética de la conveniencia, esa que tiene todo de oportunista y nada de ética. Y que quede claro: no aludimos a nadie en particular. No nos afiliamos al obstruccionismo que se pretende incentivar.
Representar para nosotros significa dar la cara, en las buenas y en las otras, cargar con las expectativas, sueños e ilusiones de la gente. Representar desde la oposición también es hacer, o al menos agotar todos los caminos para intentarlo. Es ser depositario de la confianza de quienes nos votaron, pero por sobre todas las cosas, es ser responsable para con el Uruguay. Oponernos con vehemencia a lo que creemos está mal, proponer lo que pensamos se puede mejorar y apoyar las iniciativas que a nuestro juicio son buenas para el país. Vengan de donde vengan. Que quede claro, nuestra generosidad y obligación no es para con el gobierno de turno. Es para con el país. Cinco años es mucho tiempo como para desperdiciarlos en una suerte de redención personalista, de decir, en todo momento y lugar "se los dije". Ese papel no lo queremos desempeñar.
Mientras tanto, los problemas de la gente, esos que no pueden esperar; esperan y desesperan. Porque el problema de la seguridad, la pobreza con rostro de niño y de mujer, la crisis del modelo educativo, el interior postergado, la frustración de los jóvenes, -entre tantas cosas- necesitan soluciones ya. Necesitan soluciones con el mayor respaldo, que les aseguren continuidad, sea cual sea el gobierno. Damos desde la oposición lo que aspiramos a recibir como gobierno: propuestas, respeto, compromiso y diálogo. Muy cómodo sería para nosotros esperar el traspié, el error, o -más grave aún- la caída, aplicar una suerte de "yo no fui" y esperar que el descontento social se trasunte en votos. Especulando y apostando a los desaciertos de los demás.
La coalición electoral que nos gobierna hizo de esta máxima, su mayor caudal de crecimiento. Capitalizó el descontento popular por un modelo agotado, que estalló en crisis en el año 2002 y forjó, por arrastre, una victoria inevitable. Los conflictos a los que asistimos hoy son -en parte- fruto de esa estrategia de oposición en base a la destrucción y negación. Una suerte de "ley del cascotazo", que, como vemos, es a futuro, más un problema que una solución. Criticar es fácil. Lo difícil es dialogar y acordar. Insinuar que si acordamos con el gobierno es poco menos que traicionar a nuestros electores, desnuda una mezquindad de mente y de alma que no puede concebirse. ¿Importa? Creo que no.
Queremos ser gobierno en 2015. Aún lejos de la contienda electoral nadie puede sorprenderse con esta afirmación. Pero no queremos llegar al gobierno de cualquier manera. Llegar subordinando los principios a los intereses, ser una suerte de candidato de una familia ideológica que no es tal, no forma parte de nuestra naturaleza. Eso sería perpetuar el país de una mitad contra la otra. Quien entienda el juego democrático como un modelo de elección binaria de blanco o negro, buenos o malos, izquierda o derecha, que proceda en consecuencia. No queremos un país partido al medio.
Queremos ganar para que valga la pena. Y vale, recorriendo el camino de entendimientos. Por más difícil que sea. Por más cuesta arriba que se haga. Sabemos que no es una decisión sencilla y que habrá quienes no nos entiendan e incluso se desencanten.
Si desde la oposición podemos influir en beneficio de nuestro país, lo haremos sin titubear. Y cada vez que el gobierno se ponga del lado de los corporativismos y atente contra los valores y principios que nos identifican como uruguayos primero y como nacionalistas después, estaremos en la primera fila de combate. Esperen eso de nosotros. Porque esa es la oposición que somos. No nos sirve destruir para volver a construir. Ser blanco es recorrer el camino mas difícil y largo. El de ayudar a todos los uruguayos, sin medir costos ni realizar alquimias políticas.
Si el objetivo es destruir al gobierno, con tal de acercarnos al Poder, no advirtiendo que dañamos al país y a su gente, si es hacer lo mismo que hacían ellos, simplemente porque no ganamos, no es mi objetivo. Conmigo no cuenten, no quiero ser un títere más en el veleidoso y cruel juego de la política, bastardeando sus fines en nombre de gente a la que muchas veces se le miente inescrupulosamente.