Esto va de ayer a hoy

Desde fines del siglo XIX hubo una etapa heroica para el movimiento obrero, cuando se organizó para levantarse contra una explotación que imponía a esa clase doce o catorce horas diarias de trabajo durante los siete días de la semana. Ese alzamiento se realizó mayormente a través de la huelga, como herramienta capaz de afectar los intereses de la patronal y obtener así una respuesta a los reclamos. A partir de ese oleaje popular, que coincidió con el auge de la segunda Revolución Industrial, que cobró fuerza por la enorme demanda de mano de obra y muchas veces fue reprimido a sangre y fuego, la clase trabajadora iría obteniendo conquistas mediante legislaciones sociales cada día más abiertas y un régimen laboral (horarios, licencias, salarios, seguros, pensiones) cada vez más favorecedor. La sindicalización figuró como un instrumento decisivo en ese período de lucha, y dio asimismo una sensación de unidad, una capacidad de maniobra y una nueva fuerza a las masas que enarbolaban sus reivindicaciones.

Un siglo después, superando las esperanzas de los activistas más imaginativos, los explotados de 1900 se han convertido en los árbitros de la situación. A través de poderosas centrales obreras son capaces de movilizarse con un alcance que puede conmover la vida de un país y la marcha de los negocios o de la producción. Esas centrales, según los países, tienen tintes muy dispares, desde la integridad operativa que muestran en España hasta los ribetes mafiosos que lucen en la Argentina, pero su denominador común es la fuerza capaz de paralizar a una sociedad con estrategias dirigidas a satisfacer sus intereses corporativos, que dicen representar a toda una masa de afiliados pero en realidad están diseñadas para responder a una minoría dirigente, mejor organizada y más compacta que cualquier otra.

Claro que eso ocurre cuando el antiguo espíritu batallador está desgastado, cuando la vieja mística se ha apagado, cuando el ardor militante ha sido suplantado por una robusta burocracia sindical, cuando el impulso de confrontación sólo se mantiene vivo en la cabeza y en el estilo verbal de los dirigentes, cuando las ideologías que encendieron los conflictos de clase están debilitadas o sufrieron una bancarrota en los propios centros de irradiación que controlaron durante siete décadas. Tales declives han desorientado el rumbo del combate obrero, que ahora no parece tener una idea muy clara de quiénes son sus aliados naturales, cuál es la imagen que muestran a la opinión pública, cómo evitar que sus paros castiguen ante todo a otros trabajadores y cuál es el equilibrio entre los beneficios que persigue con su acción y los perjuicios que con ello recaen en sectores de la población que terminan desencantándose de una movilización gremial cuyas perturbaciones y contrariedades son mayores que su significación social o que la razón que puede haber detrás de un pronunciamiento. Porque los paros entorpecen el funcionamiento de muchos servicios y quizás por eso no siempre cuentan con la solidaridad general.

El vendaval desencadenado en el Uruguay en estos meses desde ciertas fuentes sindicales, tiene escaso parangón en la historia democrática del país. Eso incluye el atasco financiero derivado del conflicto de AEBU, junto a los riesgos sanitarios provocados por la actitud de los anestesistas y la postura del SMU, hasta la emergencia producida por los paros de Adeom y el mar de basura que ha cubierto la capital, extremo que un gobierno de izquierda debió enfrentar -quién diría- con auxilio militar. La población siente que es rehén de métodos de lucha que la golpean indebidamente, el ejercicio de la huelga queda no sólo desnaturalizado sino además desacreditado, la brecha entre las organizaciones obreras y la gente común se ensancha, las medidas de fuerza de los trabajadores pierden los márgenes de adhesión que alguna vez pudieron tener. No será fácil para una dirigencia rutinaria recuperar la popularidad perdida y remontar nuevamente ese camino que por ahora se desbarranca.

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