MATÍAS CASTRO
Dos actores de cine de mucho prestigio, Judy Dench y Kevin Spacey, se quejaron en estos días sobre lo que ellos perciben como intromisión en su intimidad. En concreto ambos dijeron estar muy molestos por la cantidad de veces que se les pregunta sobre los motivos para elegir sus personajes, sus películas o sus obras teatrales. Ese fue el asunto de la columna de ayer y partía del hecho de lo frecuente que es la pregunta ¿Qué le atrajo de este proyecto? para actores de todo tipo y color. No importa si se trata de actores de cine o de teatro, el interrogante siempre encontrará algún modo de aparecer.
Hay que tener en cuenta que esas dos figuras pertenecen a un grupo bastante peculiar de actores, que comparten cierta fama mundial gracias a las películas que han protagonizado, a la vez que tienen el prestigio de actores serios de teatro, de esos que convocan mucha gente pero no multitudes ansiosas de entretenimiento ligero. Ellos están en una posición que les hace ver esa pregunta con mayor sensibilidad que el resto de los actores y, por lo tanto, como una amenaza a su privacidad. Spacey y Dench no quieren que el público sepa lo que los mueve para interpretar sus personajes, sino que quieren que se aprecien los personajes solamente en el contexto de la ficción de la película o la obra que representan.
Es inevitable pensar en figuras que están totalmente en las antípodas del mundo del espectáculo. Pongamos un ejemplo emblemático: Ricardo Fort. Este argentino, al igual que muchos otros mediáticos que viven de las cámaras de la televisión, no hace diferencia entre el personaje público que construyó y su vida privada. Ese personaje que representa en cámaras, millonario, exhibicionista y ególatra, supuestamente es él mismo. Sus motivos para aparecer en televisión son parte del personaje y de lo que la gente compra. Es el otro extremo de la seriedad, donde no hay separación entre fantasía y realidad, porque ambas se juntan en uno solo.