JORGE ABBONDANZA
La pesadilla empezó en la noche del 30 de julio, cuando unos 300 rebeldes hutus y milicianos de la Fuerza Democrática de Liberación de Ruanda invadieron el pueblo congoleño de Luvungi, cerca de la frontera oriental de la República del Congo. Allí violaron a 284 mujeres "en presencia de los niños que gritaban y lloraban". Después saquearon las viviendas de la localidad y se retiraron. El sitio está ubicado a media hora de auto de un campamento de las fuerzas de paz de ONU, en la misma zona donde opera un destacamento de efectivos uruguayos.
Entre las mujeres agredidas figuró Anna Mburano, que tiene 80 años y fue violada aquella noche por cuatro hombres. "Pensé que me había llegado el momento de morir", declaró luego la mujer, cuyo testimonio integró el informe elevado el martes 7 de septiembre al Consejo de Seguridad de la ONU. Las violaciones "son un arma de guerra cada vez más frecuente en el Congo", contra lo cual pueden hacer poca cosa el ejército congoleño y las fuerzas de paz. El motor de la violencia son las riquezas minerales de la zona, empezando por las minas de oro de Walikale, que tienen fabulosas reservas del metal.
Pero el viernes 24 de septiembre, ONU informó que al menos 303 civiles habían sido violados en otros trece pueblos congoleños. Ese documento calificó los hechos como "horripilantes", ya que sus víctimas fueron 235 mujeres, 13 hombres, 52 niñas y 3 niños, aunque "la cifra podría revisarse al alza". Aparentemente, los datos aluden al episodio de Luvungi y a otros que le siguieron en cadena, hasta el 2 de agosto inclusive. La culpa recae en aquellos rebeldes ruandeses y en milicianos del grupo Mai-Mai, a las órdenes de un coronel congoleño sublevado contra el gobierno. La Alta Comisionada de los Derechos Humanos de la ONU dijo que "esa violencia supera cualquier forma de entendimiento", ya que las violaciones afectaron a niños de 7 años, y por lo visto también a las ancianas de los pueblos.
Al cabo de 300 años de tráfico de esclavos, las infamias de los explotadores en África no han terminado. Otros horrores movidos por la codicia han tenido allí episodios múltiples, a partir del genocidio provocado por los belgas en el Congo hace 120 años. La violencia se convertiría después en un hábito regional, ya que en 1995 la masacre de los watusi cometida en Ruanda por los hutus asesinó a 500.000 personas en unas pocas semanas, convirtiéndose en una de las matanzas más espantosas de un siglo que había tenido otras, desde Stalin o Hitler hasta Mao y Pol-Pot. Las declaraciones de Anna Mburano son útiles para seguir midiendo los extremos de bestialidad que puede alcanzar el hombre, empujado por una cultura donde el valor de la vida y de la integridad va extinguiéndose, sin que los organismos internacionales sean capaces de remediarlo.