Cantos de sirena

Es corriente compartir aquello de que "a río revuelto, ganancia de pescador". Sin embargo, esa expresión de la sabiduría popular no parece ser siempre aplicable en materia política, por lo menos en lo que tiene que ver con la actual situación uruguaya.

Cualquier observador imparcial concluiría, objetivamente, que, entre nosotros, cunde la confusión, el intento de engañar, la incertidumbre, las veladas amenazas, el descalabro del corporativismo sin límites y otras lindezas que traen consigo desorientación y pérdida de confianza del ciudadano común en toda la organización política y social.

La burbuja de nuestra estabilidad conceptual estalló, últimamente, cuando el Presidente Mujica recibió -junto a otros altos jerarcas-, a un grupo de disidentes cubanas, las llamadas Damas de Blanco, notorias por su pertinaz pero pacífica resistencia a la tiranía castrista.

De inmediato, el partido comunista salió a la palestra calificando la decisión presidencial de "inaceptable desde el punto de vista moral, ético y político", arrogándose una más que dudosa condición arbitral en esas áreas.

El primer mandatario se defendió y, con su ya habitual estilo docente, reconoció el derecho a discrepar pero añadiendo que él no comulga con "la filosofía de partido único y menos con la posición de las verdades oficiales".

Luego, el dirigente comunista Lorier agregó más leña a la hoguera. Atacó directamente a su, hasta ayer, aliado Mujica y le reprochó que diera cabida en su gobierno a representantes de la oposición porque, de ese modo, "crea como viable y deseable la alternancia de los partidos en el poder".

No se puede concretar mejor la característica esencialmente totalitaria del comunismo ya que la democracia significa, precisamente, el único camino que garantiza la posibilidad de que distintos partidos políticos asuman el poder, si es que así los mandata la ciudadanía.

Pero hay más, mucho más. En las "Bases de discusión" -documento que se presentará el XXIX Congreso del Partido Comunista a realizarse en los primeros días de diciembre- se exponen conceptos tan antidemocráticos como los expresados más arriba: la lucha de clases, motor de la historia -según la definiera el marxismo en el siglo XIX-, debe manifestarse con la presencia de las masas en las calles a fin de presionar a las clases privilegiadas, a la oligarquía explotadora del obrero y al propio Estado.

A todos ellos los señala como "enemigos" e, incluso, los menciona explícitamente: Cámaras de Comercio, de Industria, Asociación y Federación rurales, medios de comunicación (prensa, radio, TV, etc.), entidades culturales, el aparato burocrático-militar y, no podían faltar, los partidos tradicionales y sus ideologías opuestas a la suya.

No hay, pues, adversarios con los cuales discutir, disentir y negociar; sólo hay enemigos a los cuales hay que combatir y eliminar.

A no engañarse cuando se oyen cantos de sirena: son los comunistas cuando hablan de los derechos de los trabajadores, de su amparo, de sus condiciones de vida, de sus salarios, de la participación popular en el gobierno y en la economía.

Es lo que siempre exigen cuando practican la oposición dentro de gobiernos democráticos pero es lo que nunca cumplen cuando detentan el poder.

Porque la verdad histórica, irrefutable, es que ni la antigua Unión Soviética ni los países satélites que la obedecían se caracterizaron por su progreso económico o por su bienestar a nivel popular (sí, en sus castas privilegiadas ) o por su culto a la libertad.

Tampoco los supervivientes de ese oscurantismo -Norcorea y el ícono cubano- son modelos dignos de ser imitados, como lo acaba de reconocer el mismísimo Fidel Castro, a propósito de su mismísima revolución.

¿Entonces?

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