Impera el caos político a seis meses de comicios

BAGDAD | Irak es un país sumido en el caos político seis meses después de las elecciones del 7 de marzo. Sus líderes, abrazados a la corrupción y al sectarismo religioso o étnico, son incapaces de pactar la formación de un Gobierno, a pesar de la presión de EE.UU. Solo el Ejército y la policía son omnipresentes, pero la exagerada incompetencia de una Administración fantasma, tras el desmantelamiento del régimen de Saddam Hussein en 2003 y de que sus funcionarios emigraran a los países vecinos árabes, han abocado a los más de 30 millones de iraquíes a la desesperación.

El primer ministro será un político chií. No hay ninguna otra certeza política en Irak. En estado de máxima alerta por el temor a la enésima oleada de ataques de la insurgencia, el jefe del Gobierno en funciones, Nuri al Maliki, se esfuerza denodadamente por aferrarse al cargo. Lo tiene muy complicado, aunque más difícil resulta para otros aspirantes.

Las leyes en Irak son violadas flagrantemente. Los plazos fijados por la Constitución para formar el Ejecutivo vencieron hace ya tres meses y las negociaciones discurren en el máximo secretismo en un país en el que los partidos apenas plantean programas económicos o sociales, en el que priman los intereses personales o confesionales, en el que las alianzas políticas se hacen y deshacen con frecuencia sorprendente, en el que los cargos políticos se heredan en algunos partidos religiosos, y en el que los suníes, baluarte del régimen de Hussein, se incorporan al sistema político a trancas porque carecen de cauces de representación apropiados.

El Estado en Irak está por construir, pero la actitud de los dirigentes políticos, que mantienen congeladas leyes -como la del Petróleo- durante meses o años en nada favorece ese cometido. El miedo a un rebrote de violencia entre suníes y chiíes similar al que estalló en 2006 es patente, y la organización de las fuerzas de seguridad en torno a las diferentes sectas y el hecho de que la mayoría de los líderes políticos disponga de su propia milicia no augura un futuro halagüeño, cuando menos a corto plazo.

EL PAÍS DE MADRID

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