JORGE ABBONDANZA
Quienes crean que viajar en avión es una cuestión sencilla, deben desengañarse. En efecto, tratar de subir a un avión (o bajar de él) puede ser pesadillesco para una pasajera de 6 años y también para otra de 88. Lo demuestran dos episodios recientes que no pertenecen a un folletín sino a la realidad.
La niña norteamericana Alyssa Thomas tiene 6 años. En junio llegó con sus padres al aeropuerto de Cleveland para volar a Minneapolis, pero les comunicaron que Alyssa no podía embarcarse porque figura en una lista del Departamento de Seguridad Nacional (NSD) como sospechosa de mantener vínculos con el terrorismo. Su padre, médico, comenzó a hacer preguntas luego de superar el asombro inicial, pero se encontró con la infranqueable reserva de las autoridades. El FBI dijo que la lista existe, aunque su contenido no puede discutirse por razones de seguridad. Finalmente a la familia se le permitió viajar, y el doctor Thomas mandó una carta al NSD contando el caso y pidiendo explicaciones. Le respondieron que la niña seguirá figurando en la lista y que "no dan información sobre los datos que tienen de ella o sobre otra persona con el mismo nombre", para preservar el hermetismo del Programa Vuelo Seguro. Probablemente, Alyssa sea la terrorista más joven del mundo.
En cambio la ciudadana argentina Ada Ghiarra de Rodríguez tiene 88 años. El 6 de julio llegó con una de sus hijas (abogada de 62 años) al aeropuerto madrileño de Barajas para visitar a otros dos hijos que viven en Málaga junto a sus 6 nietos. Pero en Barajas las hicieron pasar a una sala donde un policía de inmigración les pidió los pasajes de regreso y preguntó si tenían el mínimo de 63 euros diarios para su estadía. Las viajeras cumplían esos requisitos (llevaban pasajes de vuelta ya marcados, además de 3.000 euros y tarjetas de crédito) pero el policía le dijo a Ada que como viajaba regularmente para ver a sus hijos desde hacía 30 años, sus estadías en el país "representaron gastos para el fisco español". Las dos mujeres fueron retenidas durante 7 horas en aquella sala, no les dieron "ni un vaso de agua", se les impidió ver a los hijos de Ada que habían ido a recibirlas y sólo les permitieron hacer un llamado telefónico. A la octogenaria le retiraron de su cartera un medicamento para el corazón (sin devolvérselo luego) y por fin se las embarcó en el mismo avión en que habían llegado, deportándolas hacia la Argentina con un papel -sin firma- donde constaba la Denegatoria de Entrada en la Frontera.
Los dos casos señalados parecen diferentes entre sí, pero tienen un denominador común. Ese parecido es irónico y consiste en que dos países como Estados Unidos y España, cuyos sistemas de gobierno dicen defender los derechos y libertades de la gente, pueden anular esas garantías bajo un control policial típico de los regímenes intolerantes que ellos mismos condenan.