Sergio Abreu
La Ley de Educación creó un Instituto encargado de evaluar la calidad educativa en el Uruguay, en sus niveles inicial, primario y medio, y de "rendir cuentas a la sociedad" sobre el cumplimiento de los objetivos.
A pesar de que algunas autoridades de la enseñanza se niegan a aceptar una evaluación externa, es generalizada la preocupación por centrar en la reforma educativa el futuro económico y social del país.
En las últimas pruebas PISA, el Uruguay se ubicó en el lugar cuarenta y tres de cincuenta y seis en lectura, matemática y ciencias; una clasificación que habla por sí sola de una realidad inocultable y preocupante.
Todos los datos que hacen al Sistema Educativo, nos llevan a reflexionar sobre dos aspectos que se han instalado en la sociedad: la mediocridad y la exclusión.
Sin entrar en temas de fondo que hacen a la relación entre crecimiento, educación y empleo, y que vinculan la formación juvenil con las oportunidades del mercado, basta mencionar la situación de las escuelas rurales para darnos cuenta que vivimos una crisis social y educativa que consagra la iniquidad y condena, en forma sorda e irreversible, a miles de niños "que han cometido el pecado de nacer en las áreas rurales del país".
ANEP registra unas dos mil escuelas en todo el territorio; la mitad de ellas son rurales; trescientas no tienen agua potable, y doscientas carecen de energía eléctrica. Ochocientas setenta de las escuelas rurales tienen un solo maestro que cumple múltiples funciones, más allá de sus obligaciones docentes.
Los números son claros y nadie puede ignorar que si se trata de hacer un país mejor, respetuoso de los Derechos Humanos Sociales, mostrar esta realidad es una afrenta a la dignidad nacional.
Lamentablemente, la autonomía de los organismos de la Educación Pública se ha desnaturalizado por un reclamo incesante de recursos cuantificados en proporción al Producto Bruto (4.6% actualmente), sin que ningún instituto de enseñanza, terciario, secundario o primario acepte ser evaluado en sus resultados.
El Uruguay festeja estar entre los cuatro mejores países del fútbol mundial, pero con un dato adicional; los resultados alcanzados se miran como una hazaña, es decir, como un hecho que excepcionalmente se repite después de cuarenta años. Esto nos ha conmovido a todos y ha despertado un sentido de pertenencia y de orgullo nacional, desde que el deporte, aún siendo un juego competitivo, es también una forma de inserción externa del país. En otras palabras, nos hacemos conocer por nuestra capacidad de superación y nuestro esfuerzo, que no puede quedar aislado exclusivamente en un hecho deportivo.
Nuestros éxitos en el campeonato mundial de fútbol tienen que ser un estímulo para demostrar que somos una sociedad que está en condiciones de luchar para superarse en forma permanente. Y en especial, en el ámbito de la Educación, a través de la cual debemos consolidar la igualdad de oportunidades para todos los habitantes del país.
El Sistema Educativo público, que en el pasado llegó a ser ejemplo de igualdad de oportunidades, ha terminado ambientando una discriminación inaceptable.
Para enfrentar este problema, la educación pública debe apuntar a alcanzar los mejores estándares internacionales y a mejorar la calidad del sistema para beneficiar a todos los habitantes en un pie de igualdad. Para ello, los recursos presupuestales se deben medir en función de los resultados y no quedar librados a una administración autónoma que ha confundido ese beneficio con una autarquía corporativista e ideologizada. Pero además, esta vergüenza nacional que muestra la situación de la escuela rural, se agrava por un juego cruzado de excusas institucionales, donde muchos organismos tienen responsabilidad, pero ninguno se hace cargo del fracaso.
El Ministerio de Educación y Cultura, los órganos autónomos de Enseñanza, el Ministerio de Vivienda y Medio Ambiente, la OSE, la UTE y los Gobiernos Departamentales, tienen algo que ver en esto; pero como todos son parte del juego de las "esquinitas", las únicas perjudicadas son las escuelas rurales con un solo maestro -sin agua potable, sin energía eléctrica-, que tiene a su cargo miles de niños que ignoran lo lejos que se encuentran de clasificar entre los mejores.
Estamos todos contentos, pero no alcanza, porque la iniquidad de la enseñanza no puede seguir disimulándose.