AFP, AP Y EL COMERCIO / GDA
EE.UU. y Rusia se estremecieron esta semana por la salida a la luz de un caso de espionaje que parece propio de la Guerra Fría. Mientras los gobiernos dicen que su relación no se verá afectada, la Justicia intenta aclarar qué buscaban los espías.
Once personas fueron detenidas de repente. Eran padres de familia, gente normal que trabajaba y vivía en barrios de algunas ciudades norteamericanas y que tenía una relación que nunca pareció sospechosa ni a sus vecinos ni a sus familiares. Pero que el FBI investigaba desde hacía siete años.
La sospecha de que integraban una red de espionaje ruso en EE.UU. se confirmó cuando los detenidos comenzaron a comparecer ante los tribunales, acusados por lavado de dinero y por ser espías "ilegales", agentes no registrados. La Fiscalía divulgó que las 11 personas, -10 halladas en EE.UU. y una en Chipre- participaban en lo que llamaron "Programas Ilegales", una red que consistía en camuflarse para infiltrarse en los círculos de poder y conseguir la mayor información posible sobre EE.UU.: política nuclear, el accionar de la CIA, su postura hacia Irán, la política del Congreso y más.
Según los documentos de la Fiscalía, la red operaba desde al menos 1990 y recibía dinero desde el Kremlin. Sus agentes operaban con identidades falsas y enviaban datos a Moscú.
El primero en asumir su doble identidad fue un hombre que se hacía llamar Juan Lázaro y que decía que había nacido en Uruguay. En una carta que envió a la Justicia declaró que ese no era su verdadero nombre, que su casa era financiada por el Kremlin y que trabajaba para él. Incluso confesó que "aunque amaba a su hijo, no traicionaría, ni siquiera por él, su lealtad hacia el `Servicio`", dijeron los investigadores.
En el auto de acusación se afirmaba que el espía recibió dinero de Moscú tres veces (en 2000, 2002 y 2007) y que escribía con tinta invisible. Una de las conversaciones registradas en su casa entre los años 2002 o 2003 revela en este sentido las instrucciones que daba a su esposa: "Cuando vayas al país sudamericano te escribiré todo en invisible y tú lo pasarás todo a un libro (...). Te daré unas hojas en blanco y allí estará todo".
Los segundos en asumir que trabajaban para Rusia fueron quienes se hacían llamar Michael Zottoli y Patricia Mills: el viernes anunciaron que en realidad no eran norteamericanos sino rusos y que en realidad se llamaban Mikhaïl Koutzik y Natalia Pereverzera.
CONFIESAN. Pero más allá de escribir con tinta invisible y de recibir sospechosos paquetes en estaciones de metro o parques, las autoridades sostienen que durante todos estos años los espías no han enviado mensajes "secretos". De hecho, hasta que el primero de ellos no confesó que trabajaba para Rusia ninguno estaba acusado por esto sino por lavado de dinero.
Otros sospechosos de integrar la misma red que se hacen llamar Cynthia y Richard Murphy quedaron detenidos hasta nuevo aviso, a pesar de que habían pedido ser liberados bajo fianza. Los fiscales creen que hacer esto es arriesgarse a que otros espías los ayuden a escapar del país, tal como se supone que sucedió en Chipre.
El fiscal Michael Farbiarz afirmó que "hay muchos funcionarios rusos en Estados Unidos que ayudan activamente en esta conspiración". Cruza los dedos para que no "desaparezca" Vicky Peláez, la esposa de quien se hacía llamar Lázaro, que fue liberada por una fianza de US$ 250.000 porque "no parece ser una agente profesional", declaró el juez cuando justificó su fallo: "Ella tiene una identidad verdadera y la intención de permanecer en el país".
No más fugados
En Chipre las autoridades detuvieron el martes a un hombre que supuestamente se llama Christopher Metsos que sería el proveedor de dinero de los espías en EE.UU.. Fue liberado bajo fianza el miércoles y debía presentarse al día siguiente en la Policía, pero nunca apareció y le perdieron el rastro. Los fiscales piden por esto que no liberen a ningún otro sospechoso.
Extraña trama de espionaje
"Juan Lázaro" fue el primero en confesar que espiaba para Rusia y que ese no era su verdadero nombre. Antes decía que había nacido en Uruguay, pero las autoridades locales confirmaron que esto no es cierto. Está casado con la peruana Vicky Peláez.
Vicky Peláez es periodista y vivía con su marido en EE.UU. desde la década del 80. Fue liberada bajo fianza porque no usó identidad falsa.
Anna Chapman, de 28 años, es señalada como la "mujer fatal" del caso: pelirroja, atractiva y eficaz espía, fue llamada "devastadora".
Michael Zottoli y Patricia Mills, marido y mujer, siguen detenidos porque declararon ser rusos. Vivían en Virginia.
Cynthia y Richard Murphy, también esposos, siguen detenidos: las autoridades no tienen certeza acerca de cuáles son sus auténticos nombres y por eso no se arriesgan a la posibilidad de dejarlos libres.
Otra pareja, Donald Heathfield y Tracey Lee Ann Foley, comparecerán ante un tribunal el 16 de julio.
Mikhaïl Semenko también sigue preso porque, aunque no usaba falsa identidad, se comunicaba con un representante del gobierno ruso y entregaba de dinero en efectivo a un agente del Servicio de Inteligencia Exterior Rusa.
Christopher Metsos es acusado por enviar dinero a los espías. Fue detenido en Chipre pero se fugó tras ser liberado.