JORGE ABBONDANZA
La ley y la razón no siempre están del mismo lado. Una flota japonesa se dedicó hace poco a cazar quinientas ballenas, aunque las autoridades de ese país aseguran que lo hacen con los fines científicos que invocan desde hace años para legitimar esa masacre. La verdad, sin embargo, debe estar más cerca del mercado gastronómico. De cualquier manera, el ecologista y defensor de especies en peligro que intentó detener la caza está sometido a juicio en un tribunal de Tokio y puede ser condenado a prisión. No resulta fácil combatir el impulso depredador del hombre, en un mundo donde los grandes felinos están desapareciendo de la India, el norte de Asia y la región amazónica, ante la reducción de su hábitat por el avance de la explotación de la tierra, el talado de bosques y la caza furtiva empujada por un voraz espíritu de lucro.
Otra matanza ilegal liquidó el domingo pasado en Indonesia a cuatro rinocerontes de Java -una especie casi extinguida- a pesar de la estricta protección de las autoridades. Esa misma tutela, acompañada de elevadas multas, no impide que prosiga el tráfico prohibido de aves exóticas a escala internacional, desde lugares como África ecuatorial o Brasil, donde el control oficial no basta para detener ese comercio, porque la rapacidad humana supera a toda medida que pretenda sujetarla. Los elefantes son abatidos clandestinamente para vender el marfil y a los tigres se los mata porque los chinos creen que sus genitales tienen propiedades afrodisíacas. La demanda mueve esa oferta y derrota cualquier campaña de prevención.
El panorama, que se burla del derecho a la vida de tantas criaturas, tiene empero otras caras más alentadoras. En Buenos Aires, una cantante que respeta a los animales organizó un concierto benéfico para ayudar con donaciones de alimentos a organizaciones que refugian a perros y gatos abandonados. El éxito de la iniciativa fue enorme. Y cerca de Montevideo, un emprendimiento privado mantiene un predio donde acoge a los animales domésticos que encuentra en la calle, aunque también a caballos requisados por la policía a causa del maltrato que reciben tirando carros hurgadores.
En este último caso se trata de animales que habían sido robados y de otros obligados a servir en carros a pesar de estar enfermos, heridos o en estado de completa desnutrición. No se necesita recurrir a referencias lejanas como las ballenas o los rinocerontes para encontrar ejemplos de conducta deprimente en materia de crueldad hacia los animales -castigo, el abandono, hambre, trabajo extenuante- que están allí nomás, a la vuelta de la esquina. En el reverso del admirable ejemplo de quienes los rescatan y los amparan, están las muestras de brutalidad y los abusos que las autoridades de este país siguen tolerando en nombre de simuladoras razones humanitarias que no resisten el menor análisis.