Estribo entreguista y cisplatino

FRANCISCO FAIG

Mujica ha impreso un giro latinoamericanista a nuestra inserción internacional. Una de sus más recientes definiciones ha sido elocuente: debemos integrarnos al mundo desde el "estribo de Brasil".

Sin duda, el desarrollo económico de Brasil en estos últimos tres lustros ha sido sostenido y convincente. Líder de la región luego de la debacle Argentina de 2001, quiere jugar un papel distinto al del siglo XX. Multiplica así alianzas y foros desde los cuales ejercer ese protagonismo en una perspectiva de gran actor mundial: su peso demográfico y económico se lo impone.

No es menos cierto, sin embargo, que en estos años nuestro vecino no ha sido capaz de promover una "pax brasileña" fundada en valores liberales en su natural región de influencia. Los conflictos entre Uruguay y Argentina; Colombia y Venezuela; Chile y Bolivia; Perú y Ecuador; Colombia, Ecuador y Venezuela; la crisis hondureña; y la carrera armamentista regional, desmienten su histórica capacidad de ser el eficiente aliado de Estados Unidos en esta fundamental tarea en el continente.

La reciente iniciativa turco- brasileña con relación a la crisis iraní también muestra los límites del protagonismo internacional de Lula. Mientras las grandes potencias implicadas en el asunto, EE.UU., Rusia, China, Gran Bretaña, Francia y Alemania, junto el Consejo de Seguridad de ONUy la Asociación Internacional de Energía Atómica, avanzan sus piezas con decisión y profesionalismo, la "mediación" de Lula mostró improvisación e ingenuidad.

Reafirmar explícitamente el alineamiento de Uruguay a esta política brasileña, como lo hizo el Ejecutivo a través del canciller Almagro, desnuda la esencia de la "política del estribo".

Esta política exterior responde a una lógica cisplatina y latinoamericanista llena de prejuicios ideológicos que perjudican gravemente nuestra mejor inserción internacional. Es una lógica idealista según la cual el Uruguay debe defender las posturas de los países vecinos hacia afuera de la región por una suerte de solidaridad de sentimiento y destino, imbuida de la sensiblería de los textos a la Galeano que abruman a la cultura de nuestra izquierda, y que por cierto, sitúan siempre a Estados Unidos y sus aliados en el maniqueo papel de los villanos.

Nunca convino a ningún país independiente y rodeado de gigantes alinear su política exterior en función de la estrategia internacional de uno de sus vecinos. Y mucho menos, si ello implica contrariar las definiciones de principales países aliados, como Estados Unidos, Israel, o Francia, y en tema para nada prioritario para nuestro interés nacional, como es la crisis nuclear iraní. Ninguna ventaja comercial o económica sacamos por adherir a la iniciativa turco-brasileña. Nada deja pensar que ella asegure una mediación brasileña sobre nuestros conflictos con Argentina (más, luego del fallo de la Haya).

No es de país de primera la política del estribo; es de republiqueta bananera y entreguista.

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