Post Guerra Fría

Francisco Faig

El enfrentamiento que marcó la segunda mitad del siglo XX terminó en 1991 con la caída de la Unión Soviética.

Desde la revolución cubana de 1959 hasta los golpes de Estado de los años setenta, pasando por la mitología revolucionaria, las guerras civiles, la idealización de la unidad latinoamericana o la fascinación por regímenes no democráticos liberales, no hubo lugar del continente que no sufriera las consecuencias de ese enfrentamiento entre las dos superpotencias.

En los años noventa, el sueño liberal creyó poder realizarse. Reafirmación democrática en América y Europa del Este; reivindicación de la economía de mercado desde México hasta Moscú. En Uruguay, cambios políticos sustanciales: gobierno blanco, reforma electoral y crecimiento sostenido de la izquierda con bastión montevideano.

Los atentados del 11 de septiembre inauguraron el siglo XXI en el mundo. Y la depresión económica de 2002 y el triunfo de Vázquez de 2004 lo hicieron en Uruguay, sobre un fondo de revolución tecnológica comunicacional; de globalización económica, financiera y comercial; y de formidable cambio en la ecuación del negocio agropecuario.

La izquierda dejó atrás la Guerra Fría, sin ejercicio de autocrítica. Luego del protagonismo de los jóvenes en los sesenta, aguerrido y tosco, se formó la generación de 1983 que hoy ocupa lugares de gobierno relevantes. Una generación de talante socialdemócrata, inserta en el mundo, que funciona en redes, con capital cultural y vínculos sociales. Que respira cultura de izquierda siglo XXI.

Seguir aferrado a la lectura del escenario político con anteojos del siglo XX impide tomar conciencia de estos cambios sustanciales del país y del mundo.

Para muchos, las volteretas de la izquierda en estos años son demasiado. De embestir contra el capitalismo y la democracia, se pasó a defender el camino liberal de las reformas de los noventa - puerto, afap, etc. - y a comulgar sin tropiezos con la legitimación que dan las urnas.

Así, es recurrente la tentación de criticar, enojados, estos radicales cambios de posición. El último: la habilitación a las Afap a invertir en el exterior. También permanece vigente el argumento que descalifica a la izquierda por antidemocrática. No se percibe, en ambos casos, que la ciudadanía desatiende esa posición crítica.

Lo que precisamos es que en el espacio político no frenteamplista se termine de consolidar una lectura de la realidad post Guerra Fría. Porque ya nadie pone en duda la economía de mercado y el Estado de bienestar, hoy la exigencia pasa por detallar la combinación de uno y otro. Y por presentar y explicar propuestas de calidad.

El pueblo, votando, ya no hace diferencias entre blancos y colorados. De esa forma, dibuja el contorno del Uruguay político no frenteamplista y post Guerra Fría, como un espejo de la evolución de la izquierda.

Pero falta un contenido que dé sentido a este semblante protagonista del escenario del siglo XXI. Falta un relato que lo inscriba dentro dr una cosmovisión inteligible.

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