El fluir tanguero en lágrimas flamencas

| El reconocido "cantaor" llega por primera vez a Uruguay: su concierto será mañana, a las 21, en el Auditorio Nacional del Sodre

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ALEXANDER LALUZ

Su casa en Madrid tiene el barullo de una tarde de viernes, con los chicos recién llegados del colegio. No se ve, sólo se escucha con la distancia que impone el teléfono, pero igual resulta familiar. Por suerte nadie intenta acallarlo.

"Hola, ¿podría hablar con Diego El Cigala? Hablo de Montevideo, Uruguay". La voz que contesta tiene la respiración rápida, las palabras algo apuradas, como una clara señal de haber convertido el tubo del teléfono en el trofeo por su ágil carrera desde la cocina. "Sí, te atendió Dieguito, de 13. Aquí está con sus deberes; los chicos acaban de llegar del cole... les gusta mucho el cole", aclara El Cigala, con parsimonia de sobremesa y sin recitar los parlamentos "oficiales" que dicta la industria para una entrevista. Ellos, dice, son parte de esta vida en casa y de la mezcla con los tiempos de trabajo en el estudio, los ensayos, los conciertos.

Un acento grave, de tono mate y vocales redondeadas, debería completar el color de su revisión familiera: "Bueno, oye, cuando tengo algo de tiempo estudio con ellos. En realidad con los pequeños, porque los mayores pasan ya de uno: se meten ahí, con sus ordenadores, sus Plays, sus amigos. En medio estoy yo, en el estudio, ultimando este proyecto de tango con el que me voy al Río de la Plata".

Esta quizás sea la enésima entrevista que concede a la prensa -la constante señal de ocupado que dio su teléfono durante casi una semana es una prueba irrefutable-, justamente por este nuevo destino: el tango. Sin embargo, su disposición a la charla mantiene la frescura de un encuentro en el living de su casa o de una salida de copas.

De esta entrevista ya han pasado varios días, y en ese lapso, Argentina supo, por viejos lazos afectivos, apoderarse de él: allí se encerró a ensayar por horas, y días con su grupo más dos virtuosos, el bandoneonista Néstor Marconi y el guitarrista Juanjo Domínguez, y, otra vez, con su amigo, compinche y "hermano argentino", Andrés Calamaro; también dio algunos recitales y espera cerrar, hacia fines de abril, el Festival de Otoño en Buenos Aires, donde grabará un CD y DVD en vivo.

Pero mañana, en medio de todos estos preparativos, grabaciones, encuentros, tiene prevista su primera escapada a Montevideo.

Un debut muy esperado que tendrá como escenario al todavía flamante Auditorio Nacional del Sodre (Mercedes esquina Andes), que, según datos de la productora Jazz Tour, ya tiene -y desde el sábado pasado- agotadas todas sus localidades.

En este show, contó a El País, cantará con Diego del Morao en guitarra, Yelsi Heredia en contrabajo, Sabu en percusión y Jaime Calabuig en piano. Y en el repertorio elegido le hará una concesión a esa emoción que tiene "una primera vez". "Esto es maravilloso... sé que es un público muy caliente, muy respetuoso, también muy culto. Por eso haremos algo del proyecto El Cigala Tango, pero, pues, también llevaremos alguna otra pieza que esté en el territorio de Lágrimas negras (2003), Dos lágrimas (2008). Vamos también a cantar un poco por bulería, tú me entiendes. La gente quiere escuchar a El Cigala cantando flamenco".

No es mera vanidad. Aquel debut en 1988, con Undebel, ya inauguraba una carrera ascendente en el género que tiene en calidad de leyenda Camarón de la Isla. Desde ese vehemente arranque al presente, en su música siguen pulsando la genética familiar, el tío Rafael Farina -veterano cantaor-, los lazos de los afectos: Daniel Amaya, Tomatito, Paquete, El Gran Wyoming, Santiago Segura, Pablo Carbonellm Javier Krahe, Fernando Trueba, Bebo Valdés. Con muchos de ellos, o con todos, fue librando "batallas", como él mismo dice, y su estatura musical fue ganando altura y territorio al punto de hacerse merecedor del reconocimiento como "heredero de Camarón".

Lágrimas de tango. El Cigala nació en Madrid, en 1968, pero como Ramón Jiménez Salazar, se crió en el Rastro y su apodo, El Cigala le llegó por una vía que, en la leyenda, confunde algo los tantos: que fue Camarón, que fueron los hermanos Losada. Hoy, esa disputa está zanjada: fueron los Losada; y de aquella vida, otra vez llena de "batallas", quedan los recuerdos del lugar, de la familia, que siempre se mezclan con memorias más recientes e igualmente definitorias. Bebo Valdés es una de ellas.

Con el veterano y maestro pianista, compositor, arreglador cubano, grabó en 2003 un disco que casi inmediatamente se convirtió en hito de su carrera y en clásico: Lágrimas negras. "El recuerdo más fresco que tengo de él fue de cuando nos vimos hace poco en la Sociedad General de Autores. Él entraba y yo salía. Y nos fuimos a comer juntos, nos contamos nuestras batallitas. Es un viejo adorable, un genio. Me siento muy orgulloso de haber estado con él, grabando, viviendo … pues ha sido muy importante para mi carrera y en mi vida personal. Tuvimos una interrelación buenísima". Aquel disco "lo grabamos en tres días. Fue increíble: todo el mundo allí, en el estudio, llorando al ver tocar a este hombre. Desde Trueba, el productor del disco, hasta mi persona, todos estábamos llorando. Eso no suele pasar en los estudios ni en los rodajes de cine. Es el milagro de la música".

Ese lazo afectivo y musical se mantuvo por algunos años, por varias giras, por varios conciertos, hasta una despedida previsible, cantada por los años, los años de Valdés: "Un buen día me dijo `tú tienes que seguir tu camino. Si te hubiese conocido veinte años atrás no te soltaba`". Unos años después, en plena consagración de la marca El Cigala, llegó una continuación de ese camino de encuentro entre el Caribe y el flamenco, Dos lágrimas, y un salto a la independencia en el control de su obra discográfica.

Lo nuevo, ya es sabido, está pautado por el tango: una serie de conciertos rioplatenses, la maestría de sus socios argentinos, y una edición bajo una nueva marca: El Cigala Tango, que -insiste una y otra vez con el tono encarnado de cantaor- resulta de la fascinación por Goyeneche y Gardel, a quienes descubrió a través de dos antologías que le regalaron en su primera vista a Buenos Aires.

Musas del Sur

"Con el tango me llevo divino", admite El Cigala. "Es algo muy fluido, pero muy fluido, plenamente a gusto. Y también porque me lo puedo llevar a mi terreno, el flamenco". De eso se trata esta historia: "de aportar algo, porque para hacerlo igual ya está el maestro Goyeneche, Gardel, Troilo, Sosa. Para eso están estos genios. Me he empapado de sus músicas, también de Cacho Castaña, Atahualpa Yupanqui. Ellos van a estar en este proyecto nuevo, y con los músicos invitados nos vamos a sacar chispas tocando".

Rostros de la historia reciente de un Cantaor

Andrés Calamaro

Voz

Mientras no ahorra elogios para su viejo socio, amigo y hermano, El Salmón se prepara para poner su voz en algunas versiones tangueras y milongueras de El Cigala.

Juanjo Domínguez

Guitarra

Simplemente, un virtuoso. "Es increíble como toca. Lo vi en el estudio y me quedé loco. Con él voy a disfrutar muchísimo", exclamó El Cigala al hablar de Domínguez.

Néstor Marconi

Bandoneón

Es otro maestro, anota el cantaor de "Lágrimas negras". Con su bandoneón, su experiencia como arreglador y compositor, el proyecto suma un sello tanguero histórico.

Bebo Valdés

Pianista

El virtuoso y legendario músico cubano gestó junto a El Cigala una obra monumental, y a la vez, dejó profundas huellas afectivas que hasta hoy se mantienen vivas.

Esperado debut en Montevideo de un maestro del flamenco

Era una deuda. Diego El Cigala ya había estado en varias oportunidades en Buenos Aires, pero nunca surgió la posibilidad de cruzar el charco. Y el público ya sancionó su beneplácito con el fin de esa deuda: desde el sábado pasado las entradas ya están agotadas para este único concierto que dará en el marco del ciclo Sonidos de otoño, organizado por el Jazz tour.

Las presentaciones sobran. Su notable disco Lágrimas negras, grabado junto a Bebo Valdés, una leyenda de la música cubana, del jazz latino: en fin, de la música, se convirtió en un doble signo. Es, casi sin margen para la duda, una expresión contundente de la riqueza que tiene la exploración inteligente en las fronteras entre géneros. Y es también una obra que sin escatimar virtuosismo técnico, hizo de la intensidad expresiva, la pasión interpretativa, un salto cualitativo para los a veces tan gélidos territorios de la fusión.

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