Penuria y bienestar

El problema tiene dos caras. Por un lado, parece muy estimable que las autoridades hablen de lograr un país "sin excluidos", como se subrayó recientemente en una mesa redonda a la que asistieron delegados oficiales. Por otro lado, esos excluidos -que son quienes habitan los asentamientos- se multiplican a un ritmo mucho mayor que el de cualquier otra capa de la población, por lo cual la mitad de los niños uruguayos nace hoy bajo el umbral de la pobreza. Si la situación no cambia, los excluidos dominarán la masa de la sociedad en un futuro cercano, pronóstico que se agrava por la acción de otros factores, como la emigración de jóvenes medianamente ilustrados, el consiguiente envejecimiento de la población y las migraciones internas que aceleran la expansión de los cinturones urbanos de miseria.

En esa periferia sobrevive gente honrada, trabajadora y con aspiraciones de superar su condición, pero hay también -con evidencia cada vez más clara- una porción de adolescencia y juventud que es el fruto de hogares desintegrados y crianza negligente, en un medio golpeado por la frustración y la violencia, empobrecido no sólo por la penuria económica sino también por las precariedades del desarrollo intelectual. Eso favorece un relacionamiento caracterizado por la rudeza del trato, el vacío afectivo, la ausencia de casi todos los valores capaces de armonizar la convivencia y el desconocimiento de los derechos del prójimo, incluido el derecho a la vida. Como consecuencia de semejante matriz, ese sector juvenil bordea la situación de calle, suele optar por el consumo de drogas o ejercitarse en la delincuencia. Son las alternativas más frecuentes para el desesperante estado de una adolescencia que no estudia ni trabaja y que no ve a la sociedad (de cuyos beneficios se siente expulsada) como un territorio al que puede ingresar sino como un bastión que se debe asaltar.

Rescatar a esa franja de población, que desde los 12 años incurre en infracciones donde figura no sólo el hurto sino también el homicidio, y que puede ser recluida en establecimientos que son el mejor colegio de la ferocidad, implica salvarla del infierno. Allí se ha sumergido sin estar capacitada para prever las consecuencias, y cuando las comprueba ya es tarde. La lenta, titánica e interminable tarea de salvataje, deberá emprender una campaña educativa a larguísimo plazo, que se haga cargo de la infancia de hoy antes de que sea tragada por su entorno y sucumba a las incitaciones propias de la marginalidad. Esa epopeya se vuelve más dificultosa a medida que crecen los arrabales y avanza sobre el resto de la sociedad su cultura depredadora, de la que han sido responsables unas cuantas décadas de incapacidad, postergación o descuido a nivel de gobierno.

El rescate exigirá una indomable voluntad y una enorme asignación de recursos humanos y económicos, si es que alguna vez se logra esa concertación de impulsos y de medios que roza la utopía, porque obliga a cruzar la frontera entre el discurso político y la heroica decisión de poner realmente manos a la obra. Pero lo terrible es que a falta de esa determinación, la ciudadanía seguirá enfrentando la marea de violencia atrincherándose con las rejas de puertas y ventanas, su calidad de vida será destrozada por el miedo, esa crispación agudizará los enconos y ayudará a romper la malla social, mientras (como se constata día a día) crece la sublevación de los excluidos, que al no saber emplear la palabra como herramienta de comunicación y al desconocer las ventajas de la concordia o del acuerdo con los demás, se expresa a través de la agresión y el asalto. Ese choque de dos mundos es el que se vive en cada copamiento, cada arrebato, cada rapiña y cada asesinato, bajo la enloquecida carrera de aquella adolescencia. A la sombra de ese proceso, la atroz experiencia del despojo, la amenaza y el peligro, es también un episodio dentro del gran drama colectivo, cuyo escenario se sacude ante esas ráfagas. Será indispensable ponerse a trabajar, buscando la escondida fórmula de un encuentro entre todos, porque sin ella habrá que decirle adiós a la paz y al bienestar.

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