MATÍAS CASTRO
Si dependiera de la voluntad de una sola persona se podría decir que el caso de Sandra Bullock compite para convertirse en el sucesor del escándalo del golfista Tiger Woods.
Hasta hace tres semanas, la vida pública de Sandra Bullock parecía bastante normal, incluso admirable según el punto de vista desde el que se la viese. La mayor desgracia que enfrentaba era la desaparición del perro de Jesse James, el esposo de ella. Ambos pusieron avisos en Internet y despertaron un insólito movimiento para encontrar al can perdido, que cruzaba solidaridad y esnobismo a partes iguales (después de todo, era el perro de una diva del cine, o más bien, de su esposo, una figura de la televisión). Poco antes de eso ella se había consagrado como la actriz más taquillera del año pasado gracias a una comedia y también reunió algunos logros más. Finalmente llegó el fin de semana del Oscar, cuando ganó dos premios: uno fue como Peor Actriz, en los premios Razzie, y otro fue como Mejor Actriz, en los Oscar (fueron por dos películas diferentes, vale aclarar). Con notable buen humor, Bullock se hizo presente para recoger ambos. Y en particular, todo el mundo la miró en los Oscar, cuando estuvo con su marido presente.
Días después salió a la luz que él la había engañado al menos durante once meses con una "modelo de tatuajes" (es obvio que es una chica tatuada y que suele posar para revistas y competencias de tatuajes, pero ¿su profesión cotidiana es esa?). Bullock canceló sus compromisos públicos, se fue de su casa y, para peor, Jesse James pidió disculpas en público. La cosa no quedó ahí, ya que hace un par de días salió a la luz el dato de que él ya le había sido infiel anteriormente. La cosa empeoraba minuto a minuto, el bochorno para ella no podía ser peor. Por supuesto que también es una situación bochornosa para él, pero en estos casos se sabe que se valora de forma diferente a un hombre que a una mujer. No sería raro que en los próximos días haya más para hablar de este tema.