MATÍAS CASTRO
Tom Cruise es una rara cruza de mito viviente de Hollywood y de divo de la realeza. En cierto sentido esas dos características se cruzan, al menos ante los ojos de aquellos que les gusta adorar la imagen y la mística de las grandes estrellas del cine. Esa es la razón por la que la mitad de la prensa rosa repita en estos días la siguiente frase: "Tom Cruise quiere que Katie Holmes se embarace lo antes posible". Además de tener su obvio significado literal, la frase también implica unas cuantas cosas más, que tienen que ver con el culto a las celebridades y también con el negocio a su alrededor.
Hace un par de años se habló seriamente sobre la decadencia de Tom Cruise, de su fracaso en la taquilla con sus películas y de que su carrera estaba muy lejos de lo que alguna vez fue. Un poco antes, incluso, se hablaba sobre sus excentricidades, sus ataques de euforia y su megalomanía. Eran tiempos en que todo el mundo miraba hacia las paredes del castillo italiano dentro del que se estaba casando, rodeado de famosos y celebridades que viajaban en avión privado. Eran tiempos en que el tema de su participación en la Iglesia de la Cienciología daba pie a infinitas conversaciones y debates sobre sus hábitos.
Era cuando se decía que se había comido la placenta de Katie Holmes, tras el nacimiento de su hija Suri.
Ahora todos hablan, precisamente, de la niña, y de cómo se ha convertido en un icono de la moda, impulsada sobre todo por su madre. Y hablan sobre su supuesta urgencia por tener otro hijo. Hablan, hablan y hablan, y mientras tanto él se mueve de un lugar a otro en su helicóptero privado, dejando a los paparazzi muy lejos, tomando fotos con teleobjetivos. Ahí está el mito, volando sobre Hollywood, muy lejos de todo. Hace dos años que no aparece en una película, pero no las ha necesitado para mantener su estatus. No importa si lo de su paternidad es verdad o no. Importa que sigue por ahí, consciente de que todos lo miran y hablan de él.