HERNÁN SORHUET GELÓS
Ver para creer" sigue siendo la principal fuente de aprendizaje de la humanidad. Esta afirmación se va confirmando a medida que toma estado público lo que sucede con el calentamiento global, la desertificación, la degradación de los recursos pesqueros, y tantos otros temas.
De poco han servido las innumerables advertencias de los expertos, frente al peso que tienen los intereses económicos en las grandes decisiones. Lo paradojal de esta conducta es que parte de esas advertencias recibidas incluyen mayores pérdidas materiales, si no nos anticipamos a los hechos.
Como meros espectadores observamos sorprendidos cómo reacciona el clima, el ciclo del agua y los ecosistemas, ante los excesos cometidos por los seres humanos.
En ese sentido, recordamos que no hace mucho, más precisamente en la Cumbre de la Tierra realizada en Rio de Janeiro en 1992, no fue posible dejar escrito en los documentos oficiales, que la combustión de los hidrocarburos provocaba el calentamiento de la atmósfera ("efecto invernadero"), algo que hoy lo saben hasta los niños. Los países petroleros no lo permitieron, aunque las certezas científicas lo demostraban.
Luego, Estados Unidos le da el golpe de gracia al Protocolo de Kioto al negarse a firmarlo, aunque es el responsable del 25% de las emisiones de gases de invernadero.
Lo cierto es que asusta comprobar lo poco que se ha hecho en el cuarto de siglo transcurrido; y, como esta anunciado, el planeta nos está pasando la factura. ¡Y nos consideramos los seres más inteligentes!
Como tenemos coherencia, estamos aplicando la misma lógica en otros sectores poderosos, como la producción agropecuaria y la energética.
Sigue mandando el dinero pero sin ninguna lógica.
A pesar de todo lo que se ha dicho, discutido y realizado en las décadas, en demasiados casos de alto impacto, seguimos privatizando los beneficios y socializando las pérdidas.
Si se permiten emprendimientos productivos de magnitud -los cuales siempre implican diferentes grados de impactos ambientales y de otra índole- lo justo es que tales perjuicios se compensen mediante una razonable participación de la sociedad en los beneficios.
En ese sentido debemos combatir la antigua y perimida estrategia de captar inversiones ofreciendo ventajas desproporcionadas para el inversor.
Lo justo es que todos ganen razonablemente. ¿Cómo establecer los límites?
Para responder esta interrogante nos parece esencial prestarle atención a uno de los indicadores claves a la hora de discutir, decidir y aplicar las políticas de desarrollo.
Nos referimos al nivel de vida de la comunidad en su conjunto.
No es posible aceptar la pobreza y la marginación de nuestros países, sabiendo que poseemos la mayor riqueza planetaria en recursos naturales.
Cuando hablamos de desarrollo sostenible nos estamos refiriendo a un concepto que incluye mucho más que la idea de producir protegiendo los ecosistemas.
Significa construir un presente y futuro para todos con equilibrio, paz, equidad y justicia.
Su obvia complejidad hace muy difícil hallar ejemplos exitosos en el mundo.
Todavía cuesta mucho despojarse de los viejos conceptos y visiones, entre otras razones porque el cambio tiene un costo significativo, que pocos están dispuestos a asumir.
Nuestro futuro personal está muy ligado al general, y desde esa perspectiva hay que actuar.