GUILLERMO ZAPIOLA
Por debajo de los "grandes" (Zhang Yimou, Chen Kaige, en particular Jia Zhang-ke) existe un cine chino de nivel mediano al que habría que conocer mejor. Un ejemplo es el film "Ri ri ye ye" de Wang Chao, que acaba de editarse en DVD.
Segundo largometraje de su director, quien antes recibiera elogios por El huérfano de Anyang (2001) y luego hizo otras dos películas (Luxury Car, 2006; Memory of love, 2009), Ri ri ye ye (que puede traducirse por Noche y día) puede ser leída como una crónica de los enormes cambios sociales y económicos experimentados por la sociedad china en la última década, al compás de esa extraña política que combina lo que alguien ha llamado ya, con obvia ironía, "lo mejor de dos mundos": el capitalismo salvaje y un estado policial.
El tema (al menos su trasfondo) ocurre en China pero podría suceder también en otras partes: pérdida de fuentes de trabajo, crisis rural, el traslado de muchos a la gran ciudad. La acción se ubica en el extremo norte de China, en la frontera con Mongolia, y comienza centrándose en una familia que sobrevive dificultosamente. El anciano padre trabaja en una precaria mina de carbón para mantener a su joven esposa y su hijo discapacitado. Cuenta con la ayuda de un minero más joven que mantiene una relación ilícita con la mujer. Y todo cambia cuando se produce un accidente fatal.
Tras ese giro dramático, el gobierno chino resuelve indemnizar a los sobrevivientes para que puedan buscar nuevos trabajos. Sin embargo, el protagonista, acosado por el sentimiento de culpa de no haber podido salvar a su maestro durante el accidente (y acaso también por su desliz sexual), decide quedarse en el casi abandonado lugar y, aprovechándose de las políticas de privatización y apertura, alquilarle la mina al Estado. De a poco se convierte en un exitoso empresario capitalista. Los nostálgicos del maoísmo (suponiendo que existan) descubrirán con horror que el personaje se convierte de a poco en la más típica representación de la sociedad de consumo.
No parece haber una particular preocupación crítica o una reflexión sobre los desconciertos de una sociedad que intenta abandonar el socialismo a la economía de mercado. Este Wang Chao no es Jia Zhang-ke, con su lúcida, casi antonionesca mirada (por ejemplo, en la deslumbrante El mundo) sobre ciertas formas contemporáneas de la alienación. En su lugar elige un tono de crónica social con rasgos alegóricos y algún toque fantástico: este último aspecto está trabajado, sobre todo, a partir de las apariciones del espectro del difunto anciano, que opera a la vez como alusión a una tradición que continúa pesando sobre los sobrevivientes, pero también como elemento liberador que ofrece al protagonista el perdón y la paz, y lo empuja a vivir su nueva realidad. En definitiva, Wang parece un tipo bastante más optimista que Jia, supone que las cosas marchan por el buen camino y que van a mejorar en el futuro. En el Partido deben verlo con mejores ojos que a su colega criticón.
Quizás la principal objeción al film haya que ubicarla allí: en cierta indecisión (quizás cautela) del director ante su tema, que lo lleva a oscilar entre la crudeza y el conformismo y entre dos o tres géneros cinematográficos que no siempre coexisten con comodidad (el melodrama romántico, la alegoría, el comentario social). Hay sin embargo un cineasta en Wang Chao, quien ha sido actor (en el film bélico Quan wang, 1993) y asistente de dirección de Chen Kaige (en El emperador y el asesino, 1998), y parece haber heredado de este último un gusto por el refinamiento de composición de la imagen y una preocupación por la banda sonora. Su mejor estilo está, sin embargo, en su aprovechamiento del paisaje: un entorno desolado y árido, arrasado por el viento.
El resultado no es memorable pero sí atendible, y es también una puerta abierta a una realidad casi inédita. Fue premiado en el Festival de los Tres Continentes de Nantes.