GUSTAVO TRINIDAD
Los 3.000 integrantes de comparsas que ayer desfilaron en las Llamadas se habían pasado todo el día mirando al cielo. Media hora antes del comienzo, los últimos destellos del sol asomaron entre la nubes negras que amenazaban con aguar la fiesta.
Fue un saludo para que todos supieran que la celebración estaba asegurada.
Las calles que bajan desde el Centro hacia los barrios Sur y Palermo se llenaron de personas que apuraban el paso para asegurarse un lugar.
Por las calles aledañas, como augurio de desfile, nacieron decenas de fogatas para templar las lonjas de cuero. Isla de Flores y Carlos Gardel estaban llenas de gente que iba y venía y los inspectores de la Intendencia se esforzaban en explicarles que en poco tiempo tendrían que desalojar la calle.
Sentada en primera fila, junto a sus dos hijas adolescentes y con cara de asombro, está Andrea. "Es la primera vez que venimos. Llegamos desde Argentina y nunca vimos una comparsa ni en filmaciones. Sí vimos varias murgas en Buenos Aires y así nos fuimos enganchando con el Carnaval uruguayo. Hace varios años que nos prometimos venir a ver el Carnaval a Uruguay y éste pudimos. Nos parece maravilloso", dice Andrea.
Sobre la vereda, varias vecinas sacaron mesas a las puertas de la casas con tortas, empanadas y pizzas caseras. En otras casas hay carteles que avisan que el baño se alquila a $10. La celebración también es una oportunidad para "arrimar un pesito".
La primera comparsa de las 19 que participan es Nigeria. Si bien se formó en 2003 es su debut concursando en las Llamadas. Nació en el Cerrito de la Victoria casi sin darse cuenta, a expensas de un grupo de jóvenes que se juntaban para jugar al fútbol y después de cada partido le daban a los tambores.
"Nos pusimos Nigeria cuando ese país ganó los Juegos Olímpicos", cuenta Javier Pereira, uno de los fundadores y jefe de la cuerda. Ganaron tres veces el primer premio de la Movida Joven y todo el dinero lo destinaron a la comparsa pero igual tuvieron que organizar bailes y vender rifas para poder salir. "Tenemos un toque cadencioso y fuerte. Yo salí en otros grupos muchas veces pero igual estoy bastante nervioso porque esta vez es distinto, esta vez es nuestra", comenta acelerado Javier.
LOS ABREU. Triniboa, la comparsa de Pocitos, también se apronta para zambullirse en la fiesta. Parece la comparsa de los Abreu. En ella salen la madre del "Loco", dos de sus tías, un hermano y una prima del ahora futbolista de Botafogo. "El otro día le puse por teléfono el sonido de un ensayo general", contó Marita, la madre del jugador, que cumple el rol de bruja. Lleva un escudo hecho de cañas y cuero en el que pegó varias fotos de su hijo.
"Tenemos que hacer la coreografía dos veces por cuadra", indica la jefa del cuerpo de baile a un grupo de preciosas bailarinas que la escuchan sin dejar de menear el cuerpo y se salen de la vaina por danzar. Ahora Nigeria avanza a ocupar su lugar alentándose con gritos.
La cuerda comienza a tocar. Toda la comparsa empieza a moverse como si fuera un solo cuerpo, como un animal pleno de colores y gracia. El repique del tambor pega en el piso y parece golpear en el pecho.
LAS ESTRELLAS. Cuando le toca el turno a Elumbé ya es de noche. Los colores de la comparsa la tiñen de azul y amarillo. Las enormes banderas se extienden y envuelven como en un abrazo y pasan rozando las cabezas de la gente.
Saxo y trompetas dieron la nota distinta al toque de La Clínica, que también llegó desde el Cerrito de la Victoria.
Los asistentes que marcan el tiempo del grupo para que llegue dentro de los 73 minutos establecidos viven su estrés terrenal. Gritan: "¡Vamo! ¡Vamo!", recordando a la comparsa que todo este ensueño también es un concurso cronometrado.
Parecen ser los únicos preocupados entre miles de personas que colmaron las calles y hacen palmas, gritan, chiflan y no paran de bailar.
Entre ellas está Andrea que aprende a bailar el candombe a pura intuición.
El glamour de las bailarinas se sostiene en el esfuerzo de la cuerda de tambores, que lo deja todo en el recorrido. Que parece gozar y sufrir a la vez. Puede verse la sangre de algunas manos manchando la lonja y la concentración en los rostros empapados en transpiración de los tamborileros.
La cuerda es la verdadera protagonista. La que recorre las calles cada fin de semana, sin las cámaras de televisión, sin turistas y sin despliegue de lentejuelas y lujos de vestuario. Lo único sin lo que el candombe no podría existir. Es lo que arranca a la gente de las sillas, lo que no deja a nadie sin bailar, incluso en balcones y azoteas. Anoche ni el cielo pudo quedar indiferente a la alegría y se llenó de estrellas. Es la magia del tambor.