Despedida luego de sesenta carnavales

CARLOS PÁEZ VILARÓ

Durante 60 años acompañé las Llamadas escribiendo una nota en este diario. La misma cantidad de años, participando en las mismas, sin darme cuenta que esa caminata me trasladaría desde la juventud a la vejez.

Fueron 60 años de emociones, inmerso en el ritmo feroz de las baterías barriales, saliendo a cara descubierta a quebrar el silencio de las callejuelas del Sur y Palermo.

No puedo olvidar hoy entonces mi primer salida en "Añoranzas Negras" en 1950, junto a Marta Gularte, tocando mi "piano" en la cuerda de Juan Ángel Silva.

Tampoco mi penetración en otros grupos que se fueron sucediendo a medida que el tiempo pasó: "Morenada", del conventillo Mediomundo; "La Clásica Candombera", del Mercado de Abasto; "Los Guerreros de las Selvas Africanas", del Ruso Puglia; "Las de los Canillitas de Maroñas", del `Cabeza` Hurtado; la de Cuba y China, del Cerro, de los Machado; la de Charolito el lustrabotas; la de Ramón Anador, de los Burgueño; o la actual Cuareim 1080 de Cachila Silva…

Batiendo el tambor me di el gusto durante ese tiempo de abrazarme con mi gente acompañando el candombe.

Ahora, mientras escribo, observo mi viejo tambor recordando a Juan Velorio, su constructor. En su panza están borroneadas las firmas cosechadas en el cruce de tantos años, en su lonja las cicatrices de mis sesenta caminatas.

Aceptando la realidad, hoy será su última intervención en la batalla de las cofradías. Un reconocer que el final de un ciclo ha llegado, que hay una edad en que las fuerzas ya no son las mismas y que no empatan con las ansias de salir.

No dudo entonces, que hoy de noche será mi última presencia activa en las Llamadas, el final de una apasionada vocación que ocupó toda mi vida y al mismo tiempo el cierre del largo itinerario de mis notas.

Hay un regreso a casa. Un aceptar que el tambor se resigna a mantener en silencio su boca de cuero.

Suena el tumbalaca antes de entrar en la noche de los grillos.

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