Después del terremoto, los habitantes del barrio más pobre, Cité Soleil, cargaron sus muertos hasta una avenida de otra zona menos miserable del ya de por sí miserable Puerto Príncipe porque sabían que nadie iría a su barrio a llevárselos.
Después de caminar entre miseria y casas torcidas, se llega a la plaza principal de este poblado, donde todas las mañanas llega un camión con comida. La plaza es una vieja pista de baloncesto tomada por los más miserables de la ya miserable Cité Soleil: gentes sin casa, que no cuentan con familia en otra parte y que viven debajo de una sábana pinchada en un palo para que no les dé el sol.
De pronto se adivina a lo lejos el famoso camión de la mañana, el de la comida. Es viejo y pequeño. Por descontado, no es de los marines. No parece francés, ni español, ni siquiera ruso. Es una camioneta verde con 20 años encima, un hombre pequeño y sudoroso al volante y tres jóvenes en la trasera. Pintadas en la puerta se lee: "Misión de caridad La Koulade". El del volante es el padre Cyril.
"Son los de siempre. Ellos siempre nos ayudan, desde hace mucho tiempo, desde antes del terremoto. De los extranjeros no ha venido nadie todavía", dice una mujer.
El padre Cyril explica las reglas: sólo un vaso de trigo por cabeza. Un chico comienza a repartir diminutas cantidades de trigo a las decenas de personas que hacen cola. Un helicóptero impone silencio al pasar petardeando muy cerca. Viene del aeropuerto, donde están los esperados marines. Delante de un edificio cercano hundido por el sismo alguien puso un cartel en inglés: "Bienvenidos, soldados americanos. Necesitamos ayuda: en este edificio hay cadáveres dentro".
Pero mientras llegan o no, dos personas llevan en una carretilla a una chica con la pierna rota que se protege del sol con una sombrilla de colores. Poco después aparecen cuatro personas llevando dentro de un edredón mugriento a una niña. Vienen del hospital, donde no les atendió nadie por falta de médicos. A Cité Soleil no llega nadie: ni los recogedores de cadáveres, ni ambulancias ni los camiones de comida extranjera.
Los habitantes del barrio más rico de la ciudad salieron casi indemnes. EL PAÍS DE MADRID