Castigado por la historia

CLAUDIO FANTINI

Esta vez fue la naturaleza la que se ensañó con los haitianos. Un país abandonado por la historia, al que una geografía incómoda le negó llanuras cultivables y riquezas minerales significativas, ha sido siempre víctima de la desolación económica y de la truculencia política. Ambos flagelos se potenciaron mutuamente, creando una espiral de miseria, despotismo y violencia política en esa porción de la Isla La Española.

Haití proclamó la primera independencia latinoamericana y fue el primer país de toda América en abolir la esclavitud. Pero desde el comienzo de la etapa republicana, el despotismo personalista actuó como una maldición en la tierra del vudú, los zombis y la magia negra. Por eso los grandes libertarios haitianos Jean-Jacques Dessalines, Henry Christoph y Alexandre Petion, crearon la república pero también la presidencia vitalicia, siendo ellos mismos víctimas de las primeras conspiraciones y los primeros magnicidios.

Desde ese tiempo decimonónico, la oligarquía mulata había producido dictaduras para someter a la mayoría negra. Recién en 1956 hubo elecciones libres que ganó un respetable médico rural de raza negra. Ese primer presidente de las mayorías era Francois Duvalier y no tardó en proclamarse presidente vitalicio, concentrando un poder total que defendió con una feroz fuerza de choque.

La esperanza llegó al convertirse en presidente el sacerdote salesiano de la parroquia de Cité Soleil, la barriada más miserable de la pobrísima Puerto Príncipe. El golpe de Estado del general Cedrás y su régimen criminal, tuvieron como desenlace la presión militar norteamericana que, en un capítulo insólito de la historia, derribó una dictadura de derecha y repuso en el poder a un presidente izquierdista. Pero también Jean-Bertrand Aristide viró hacia el despotismo, hundiendo Haití en una nueva lucha de facciones cuya consecuencia final fue su caída definitiva, el gobierno corrupto de René Preval y el desembarco de los cascos azules para poner fin a la violencia.

No es que la paz y la democracia se hubieran impuesto totalmente, pero el gobierno de Jean Bellerive había logrado cierto orden y estabilidad. En el Parlamento se atrevían a pensar en una retirada de los militares extranjeros, cuando tembló el suelo de Puerto Príncipe.

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