Antonio Mercader
Desde que salimos cuartos en el mundial, la humildad es la palabra de moda y no sólo en el fútbol. Así, le ganamos a Sudáfrica, a México, a Corea y a Ghana porque somos humildes, pero nadie explica por qué la humildad no nos sirvió para ganarle a Holanda y Alemania... pero dejémoslo ahí. Esa humildad tan proclamada aguantó incluso cuando la FIFA consagró a Forlán como el mejor. ¿Cómo se puede ser humilde y a la vez el mejor?
Porque vayamos a la primera acepción de humildad de la Real Academia: "Virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo a ese conocimiento". ¿Qué significa aplicado a Forlán? Nada. Porque sus presuntas limitaciones y debilidades ni siquiera afloraron en los partidos que perdimos en donde clavó dos golazos nada humildes sino al contrario: salieron de los pies de un tipo consciente de sus virtudes. El gol contra Alemania, por ejemplo, certificado el mejor del Mundial, no provino de la humildad sino de la convicción de quien se sabe crack.
Vayan estas simples reflexiones para probar que la actuación celeste en Sudáfrica, como otros triunfos en la historia nacional, poco tienen que ver con la humildad. Paremos pues de invocarla a cada rato en otras cosas. Que si logramos un acuerdo con Argentina fue porque negociamos con humildad. Que si tenemos una buena imagen internacional es por la ídem. Que si un candidato quiere que lo voten en las próximas elecciones tiene que ser humilde. Que con humildad todo se consigue. Etcétera.
No es cierto, no tiene sentido empezar cada discurso diciendo..." con la humildad que nos caracteriza...". Ay, desconfíen del que empieza así. Quien dice eso no es humilde. Eso es humildad de pacotilla. "La humildad de los hipócritas es el más grande y el más altanero de los orgullos", escribió Martín Lutero. Y es verdad.
¿A cuántos conocemos que se llenan la boca hablando de humildad y la desmienten a diario con sus actos? Políticos de esos habituados a la falsa modestia y a la sonrisa santurrona, pero que llegado el momento mueven sus piezas con soberbia. "Humildemente te digo...¡y zás!", ahí va un desplante. ¿Reconocen a alguien?
Las otras acepciones de humildad según la Real Academia son poco atractivas: "bajeza de nacimiento" y "sumisión o rendimiento". Supongo que nadie querrá aludirlas cuando antes de pronunciarse sobre alguna cosa anuncia a los cuatro vientos que lo hará de cierta forma porque proviene de la "clase humilde". Menos todavía osará presentarse ante la gente como un sumiso -"rendido a sus pies, señores"-, porque eso no lo convierte a uno en humilde de manera automática.
Por todo ello propondría a los protagonistas de nuestra escena pública que en el futuro se dejen de mentar tanto la humildad. Mostrémonos tal como somos, conscientes de nuestras virtudes y defectos, pero sin tirarnos a menos. Seamos más como Forlán que despacito y por las piedras, sin pregonar tanta humildad ni someterse a nadie, dejó chiquitos a los Cristianos Ronaldos del mundo.
Porque antes que humildes, a los uruguayos los prefiero ganadores.