JUAN ORIBE STEMMER
En el año 1990 nuestro país tenía 3,1 millones de habitantes y 2.791 reclusos. En el año 2009, tuvimos 3,3 millones de habitantes y la población carcelaria ascendía a aproximadamente 8.500 presos.
En apenas dos décadas, mientras que el número de habitantes se mantuvo casi estático (un aumento de apenas el 8 %), la cantidad de ciudadanos presos prácticamente se triplicó. Para completar el panorama debe agregarse que el número de reincidentes en la cantidad total de procesados aumentó del 38% en el año 1990 al 50,8% en el año 2005 y hoy algunas cifras hablan de un 70%.
El aumento de la población carcelaria, según demuestra el estudio "Panorama de la violencia, criminalidad y la inseguridad en el Uruguay", publicado en el 2008, se debe a varias circunstancias. Incluyendo un incremento del número de determinados tipos de delitos, el endurecimiento de las penas que determina que los reclusos permanezcan por más tiempo en prisión y el aumento de los reincidentes. Pero, el incremento de población carcelaria no ha hecho más segura a nuestra sociedad.
La proporción de conciudadanos presos aumentó de 90 reclusos cada cien mil habitantes en el año 1990 a aproximadamente 254 en el año 2009. Con apenas 3,3 millones de habitantes nos encontramos entre las sociedades que tienen una proporción alta de personas presas. Los países con mejores niveles de desarrollo humano -con los que deberíamos compararnos para avanzar- tienen tasas mucho más bajas. Noruega que se encuentra en el primer lugar en el índice de desarrollo humano tiene una tasa de 59 presos por cada cien mil habitantes; Nueva Zelanda tiene una tasa de 155.
¿A qué se debe esta diferencia con lo que sucede en nuestro país?
Para nuestra sociedad el panorama es preocupante: primero, aumentan los delitos; segundo, la población carcelaria crece a un ritmo muy superior al del aumento de los habitantes; tercero la población carcelaria es relativamente joven, y, cuarto, se incrementa el número de reincidentes. Y todos esos aumentos son cada vez más significativos. A estas circunstancias es necesario agregarle los cambios en nuestra sociedad, incluyendo la fragmentación social, el impacto de la droga en el desarrollo de una cultura del delito.
Enfrentamos, por lo tanto, un círculo vicioso: condiciones sociales adversas - alienación - delito - procesamiento con prisión - prisión - reincidencia - peores condiciones sociales y así sucesivamente.
Es explicable que la sociedad uruguaya sienta temor ante lo que percibe como una marea creciente de delincuencia. Pero, corresponde a las autoridades convertir el miedo, tan dañino, en una preocupación racional y constructiva respondiendo eficazmente a esa natural demanda por seguridad.
Más y mejores cárceles para alojar dignamente a los presos son un primer paso. Pero aumentar el número de los reclusos no resolverá el problema de la seguridad. Incluso, en cierta medida puede agravarlo. La cárcel es solamente uno de los eslabones de un círculo vicioso más amplio que debemos enfrentar decididamente.
La crisis no es sólo del sistema de cárceles, sino también de las escalas de valores en la sociedad.