Ahora que la FIFA consagró a Diego Forlán como el mejor jugador del campeonato, cabe realzar el honor que ello significa para el jugador y para nuestro país. Una distinción que premia no sólo sus virtudes como futbolista sino también su corrección deportiva y su condición de caballero dentro y fuera de la cancha. No en vano es embajador de Unicef. Además, Forlán gana este lauro no sólo por su técnica de juego sino también por su contracción al trabajo, esa que lo indujo a contratar a un entrenador personal como forma de prepararse mejor para el torneo en Sudáfrica.
Su ejemplo debería servir para ilustrar a las nuevas generaciones a que comprendan que la inspiración o la tan mentada garra necesitan siempre una base de disciplina, esfuerzo y humildad sin la cual nada se consigue.