Ridículo

La pasión por diferenciarse de gobiernos anteriores ha llevado al actual a extremos de extravagancia. Si instalar al Consejo de Ministros en pueblos del Interior para tratar asuntos de mínima cuantía tuvo sus notas de excentricidad, lo que se hará hoy linda con el ridículo. Es que Tabaré Vázquez ha invitado a sus ministros a compartir, este mediodía, un asado en la estancia presidencial de Anchorena y les ha pedido que, entre bocado y bocado, ofrezcan sus opiniones para darle punto final al proyecto de reforma educativa. Un proyecto que lleva tres años dando vueltas desde que nació en comités y asambleas hasta ser elevado, entre confusos debates, a un borrascoso congreso dominado por sindicatos y sin delegados de una oposición política a la que no se quiere escuchar.

De esa maratón nació un proyecto decepcionante que viene circulando en ambientes gremiales y políticos en medio de una puja desatada entre el gobierno y las gremiales docentes por el control de la educación. El gobierno, como es natural, anhela tener mayor injerencia en el tema, algo que le está vedado con límites precisos, empezando por los que establece la Constitución. Los gremios de la enseñanza, más preocupados por hacerse con el poder que por mejorar la gestión de sus afiliados, olfatearon que ésta puede ser su oportunidad. Y aunque hay otros puntos de fricción, el regateo por empuñar el bastón de mando explica el encono y el ardor con que se defienden las distintas posiciones.

Que Uruguay padece una crisis en su educación es evidente desde que las evaluaciones, en particular las internacionales, delatan graves deficiencias a las cuales se agregan los altos índices de deserción y las tasas de repetición en aumento. Gobierno y oposición, así como la opinión pública según las encuestas, consideran que éste es uno de los temas principales que el país debe atender con urgencia. Un asado bajo los frondosos árboles de Anchorena con el presidente y sus ministros de comensales no es el ámbito correcto para definir una reforma educativa. No sólo es un escenario ridículo sino que denota un estilo de gobernar más propio de una republiqueta comandada por una elite de iluminados que de un país en serio.

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