Leonardo Guzman
Concluyó el ciclo electoral, iniciado un año atrás con las elecciones internas, obligatorias desde la reforma constitucional de 1996.
Ningún partido se alzó con el Uruguay entero.
Tradición nacional confirmada: en las urnas, no se forman unanimidades y la ciudadanía a nadie le entrega el poder entero.
Hábito electoral de la República: no enganchar bajo banderas sectoriales rebaños que balan sino pueblo que piensa.
Mandato claro: hay que convivir y colaborar -trabajar con el otro- oyéndonos con espíritu abierto y sin prejuicios.
El mapa multicolor de las Intendencias se completó merced a un sutil transvasarse ciudadano, surgido sin pactos ni consignas. Volvió a probarse que los partidos no tienen votos cautivos y que la independencia íntima en el cuarto secreto sigue latiendo aun tras la decadencia cultural.
La libertad se afinca en la conciencia de los ciudadanos pensantes; y es de esa libertad y ese pensamiento que debemos esperar un porvenir donde el espíritu público levante vuelo y nos devuelva al concierto de los mejores del mundo.
Eso sí: no abrazaremos nunca propósitos grandes si el partido de gobierno se dedica a tupir el ambiente con el análisis -"autocrítica"- de las "causas" del desencanto electoral que le toca timonear. Ninguna ley histórica ni evolución sociológica impone que un partido crezca sin tope. Cuando los ciudadanos retraen su adhesión no es porque los augures le erraron a los dibujos de fachada sino porque la gente, en acto propio de su libertad, juzga por sí misma y afina sus propósitos en otra dirección. Por tanto, mirarse los ombligos buscando en qué le falló cada sector a sus emociones o sus dogmas es perder el tiempo aun cuando sea obedecer viejas prácticas de fanáticos.
Tampoco alzaremos la mirada hacia fines grandes si la oposición se dedica a pasar revista a los yerros de los partidos tradicionales, evocando sus bloopers -léase metidas de pata- o imaginando neuróticamente qué pudo haber pasado si no hubiera pasado lo que pasó. Esa labor lleva a que cada protagonista saque a relucir sinsabores y sacrificios para evocar y cuentas para reclamar, pero induce a fabricar rondas cada vez más chicas de doloridos que, agrupados en micro-listas, se recocinan en su propia salsa.
Tanto en gubernistas como opositores, pues, esos análisis retrospectivos no son más que autopsias destinadas a diagnosticar y corregir lo que se hizo mal… a efectos de hacer más de lo mismo. Vieja técnica: cambiar algo para que todo siga igual. El gatopardo, bah!
El programa nacional no puede reducirse a esperar las enmiendas del menú electoral que, por semejante vía, se nos va a presentar dentro de cuatro años.
Tenemos un país que en educación, productividad y proyecto personal ha quedado a la zaga de otros mucho más chicos. Eso nos impone plantear con franqueza y fuerza las convicciones de cada ciudadano y cada sector, oyendo, todos, la parte de verdad que, aun envasada en errores, aporte el adversario.
El Uruguay debe resolver las disonancias de las urnas en una síntesis nueva. Sólo podrá ser gestión de un pensamiento riguroso y claro. Y sólo podrá edificarse desde el fragor de la libertad.