JUAN MARTÍN POSADAS
El día de elecciones no es un día particularmente apropiado para la reflexión pero yo tengo una obligación que cumplir. Además, tratándose de elecciones, tengo una tesis a cultivar.
En diciembre del año pasado lancé la idea de que la evaluación que el Partido Nacional debería encarar después del resultado de noviembre debería incluir un reestudio de las estrategias que impone el sistema electoral vigente. El tema fue recogido con fervor por Carlos Maggi y, más adelante, por F. Faig, R. Sienra, Mercader y otros dentro del diario y, desde fuera, por dirigentes como el Esc. Stirling y otros. El planteo entusiasmó a mucha gente y tuvo andamiento favorable entre la masa partidaria -gratificante por cierto- pero encontró resistencia de parte de unos pocos dirigentes.
Las versiones publicadas de las objeciones adolecen, a mi juicio, de una renguera de razonamiento: deforman o no interpretan bien la propuesta y luego embisten para desarbolar la caricatura. El ejemplo más reciente se encuentra en la separata Economía y Mercado donde figura (pág.4) un enérgico rechazo "a la propuesta de fusionar o asociar a los dos partidos tradicionales".
Nadie ha propuesto nunca tal cosa. No soy partidario de amalgamar partidos y menos partidos históricos. Tampoco me vengan más con invocaciones a la identidad o a la historia: nada de eso refiere al caso. De lo que se trata es de reflexionar sobre las características y, sobre todo, las consecuencias que produce el sistema electoral vigente y la lógica binaria que lo sustenta.
El proceso electoral de nuestro país se ha subdividido en varios pasos: elecciones internas, elecciones nacionales de donde surge la integración de las Cámaras y finalmente ballotage para determinar el Presidente. Ese último paso electoral se dirime entre dos y nada más que dos. En otras palabras y explicado de la forma más sencilla, al final del juego quedan sólo dos casilleros: o usted (o su partido) figura de alguna manera en uno de los dos casilleros que hay o se queda afuera, no figura, no está en la foto.
Los partidos políticos uruguayos tienen una larga historia, tienen una tradición cívica enriquecida por generaciones, han creado símbolos de poderosa elocuencia y son estructuras sociales cargadas de sentimiento, todo lo cual debe ser objeto no solo de respeto sino de culto cívico. Pero nada de eso se compromete cuando se plantea un acuerdo electoral. ¿No fue eso lo que ya pasó en las dos últimas elecciones?
A partir de la reforma constitucional las elecciones tienen una dinámica dual y su última instancia es un cotejo entre dos. En uno de los dos casilleros definitorios se han acomodado -bien o mal, a las patadas o cordialmente- los grupos que forman la izquierda, sin dejar afuera ni una pizca de caudal electoral. En cambio las corrientes políticas que buscan ubicación en el otro único casillero que queda han manejado de tal forma sus asuntos que una parte (¿10%?, ¿25%?) de su caudal electoral queda afuera y no cuenta. Se trata de una cuestión aritmético-electoral: nada más. Pero hay que pensarla. Y no irse por las ramas. Esta noche va a traer más enseñanzas.
"Las elecciones tienen una dinámica dual y su última instancia es un cotejo entre dos".