Historias de la Casa Blanca en Gorlero

Viaje en el tiempo. En un recorrido completo por la calle Gorlero, desde el Hotel Palace hasta el Casino Nogaró, un viejo veraneante reconstruye el tradicional paseo de los puntaesteños.

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RAÚL MERNIES Y JOSÉ LUIS AGUIAR

De niño, Rodolfo Bonner pasaba los veranos en su casa cerca del faro. A los 61 años, accedió a viajar en el tiempo por Gorlero desempolvando recuerdos sepultados bajo espesas capas de McDonald`s y Burger Kings.

En la calle 15, frente al Hotel Palace, Bonner parecía un chiquilín de pantalón corto y cerquillo frente a una palmera.

"Aquí me pegué flor de porrazo. Venía embalado en bicicleta y me llevé el árbol. Tengo una cicatriz en la cabeza, ¿ves?... Acá sólo queda el quiosco de diarios de los Núñez, La Candelaria. ¡Es un milagro que siga en pie! ¡Mirá, Héctor Núñez! Era un botija cuando comprábamos chicles. ¡Héctor, Héctor! Soy Rodolfo Bonner, ¿te acordás?".

El quiosco lo compró el padre de Hector en el año 53, "y ya pasaron cuatro generaciones de Núñez, contando hijos y nietos".

Bonner vuelve a mirar alrededor... "Las guerrillas de agua en Carnaval... Le tirábamos bombas a los argentinos... Donde está Luminar, estaba el Correo, al lado de Club House, y más adelante las jugueterías Balalaika y Los Reyes Magos, donde veníamos a comprar caretas y serpentinas. Ya no queda nada... Vamos a seguir".

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Barack Obama se paró frente a Bonner y le pidió un vodka con Martini, muy, muy seco, y con dos aceitunas. Estaba en Blair House, el edificio aledaño a la Casa Blanca, donde se hospedan los jefes de Estado en visita oficial y los presidentes electos unos días antes de la asunción. "Esa fue la primera vez que vi a Obama, pero no tuve mucho relacionamiento con él. Después de asumir no volvió por el bar. Los presidentes tienen un servicio especial que les lleva las bebidas al despacho". Bonner estuvo en la fiesta el día que Obama asumió. Esa noche el Presidente llevó un grupo musical de Chicago y bailó rock durante 50 minutos sin parar. "Es un gran bailarín", dice el bartender de la Casa Blanca.

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"Acá donde está Mercedes Benz había una discoteca. Enfrente estaba el restaurante Strómboli y casi todo eran casas. Sólo estaba la farmacia Ituzaingó, que se mudó a la 19".

En la calle 19, un edificio verde, Fontemar, se levanta sobre las ruinas del viejo taller de reparaciones de Fontes. "Por aquí había una heladería. ¿Dónde estaba..? Vamos a preguntar en la Farmacia Ituzaingó, ahí deben saber".

Isabel, la encargada de la farmacia, no recuerda la heladería. "Estaba la Gorlero, más arriba, en la 27 o en la 29, enfrente a Oasis. Los sábados de noche, los autos no podían atravesar la calle de la cantidad de gente que se juntaba ahí. Era como La Barra hoy". Bonner no queda conforme. "Había otra heladería; estoy seguro".

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Rodolfo Bonner llegó a la Casa Blanca casi por accidente. "Fue un golpe de suerte", dice. Decidió irse de viaje por Estados Unidos después de la victoria de Julio María Sanguinetti en 1985. En su viaje se encontró con una amiga uruguaya que vivía en Washington y que le ofreció trabajo en el negocio de los banquetes. Un tanto dubitativo, pero arriesgado, aceptó.

Sus primeras armas fueron en una empresa de catering. Allí trabó amistad con el jefe de mozos. Bonner no recuerda su nombre, aunque ese encuentro le cambiaría la vida.

Uno o dos años después "volví a encontrarlo en el underground y me pidió el teléfono. Estaba trabajando en Blair House. Al poco tiempo me llamó y me preguntó si quería trabajar con él". Bonner aceptó y pasó a ser un empleado "on call" (a pedido). Empezó a meterse en el mundo exclusivo de los banquetes oficiales y conoció a mandatarios de todas partes del mundo. En su casa de Punta del Este, "Bonner`s House", guarda enmarcado el menú de una cena que la Casa Blanca ofreció a la Reina Isabel II y al Duque de Edimburgo.

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La Farmacia Ituzaingó refiere al antiguo nombre de Punta del Este, "Villa Ituzaingó". "Mis abuelos venían en 1910. Fueron de los primeros que residieron en la Punta", recuerda Bonner. "Llegaban en tren hasta Maldonado y tenían que trasladarse en carreta hasta la Punta. En varias carretas, porque traían con ellos a todo el servicio doméstico".

Bonner regresa a su afición arqueológica en la Plaza Artigas, después de cruzar una esquina coronada por Citibank, American Express y DHL. "No había artesanos. Veníamos a jugar y en el centro había una torre de OSE. La llamábamos la plaza del agua". En esa esquina están el edificio Península y su hotel sobre Gorlero.

"Fue la primera piscina donde me bañé", recuerda. "Una vez, jugando una carrera, no vi el borde de la piscina y me pegué flor de golpe. Me quebré la nariz. Tengo una cicatriz aquí, ¿ves? Vamos a entrar a ver si sigue igual".

"No está igual", dice el conserje en la recepción. "La piscina ya no tiene trampolines. Fue la primera de la península y tenía 4,40 metros de profundidad. El nuevo dueño, que dedició climatizarla, la rellenó y la dejó en 2,20 porque se le iba un dineral".

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El 21 de mayo de 1991, en Blair House, le pidieron sus documentos. Rodolfo Bonner tenía que pasar el riguroso examen de antecedentes al que la CIA, el FBI, la policía local y el gobierno estatal someten a los empleados que se postulan para ingresar a la Casa Blanca. El 5 de junio le comunicaron que había sido aceptado: sería mozo ayudante para el servicio de banquetes.

"La primera vez que crucé los portones me emocioné". Comenzó en el último año de gobierno de George Bush padre, "a quien aprecio mucho", dice. "Quiero mucho a su esposa Barbara, me gusta ese espíritu de familia que tienen, igual que los Kennedy. Es el único de los ex presidentes con el que si me encuentro, me quedo conversando. Por su hijo también siento un gran respeto, porque le tocó vivir una crisis histórica con los ataques del 11 de septiembre".

La trayectoria de Bonner en la Casa Blanca no estuvo exenta de tropiezos. "Son muy rigurosos. En la primera fiesta de Navidad que participé servían tragos de origen canadiense, `eggnog` (crema de leche, huevo batido, azúcar y bebidas alcohólicas). Me picó la curiosidad y me mandé un trago. El `Butler` me vio y me dijo: `Por una cosa así te echan`. Un episodio, pocos meses antes, lo había hecho ganarse la confianza del jefe.

Al término de una fiesta el uruguayo encontró un broche de diamantes en un pasillo. "Lo recogí, me fui a la oficina del supervisor y se lo entregué. Me llamaron para felicitarme, me dijeron a quien pertenecía el broche y que la señora estaba muy agradecida. Valía decenas de miles de dólares".

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En la 27 estaba la confitería La Fragata, junto al cine del mismo nombre, el primero de Gorlero. Enfrente la terminal de Onda y al lado el restaurante Catarí, donde en los años 60 se servían platos exóticos como caracoles o ancas de rana. "María, la dueña, se patinaba el dinero del día en el casino Nogaró todas las noches".

Hoy están instalados Burger King, Don Pepperone y McDonald`s, el bazar Entelequia, que vende artesanías de Malasia, y el bar The Monkey House. Enfrente, la heladería Freddo.

"¿Cómo se llamaba aquella heladería a la que yo iba de chiquilín?", insiste Bonner. "No era la Gorlero, era una anterior y estaba más hacia la Punta".

En la Galería Atlántica, entre la 27 y la 28, estaba el bar California, "donde probé los primeros chivitos de mi vida. Ahora hay puro negocio aquí, pero las palmeras se mantienen".

Entre las calles 28 y 29, un emblema del viejo balneario permanece intacto: Dante. "Era el mejor comercio de Gorlero. Aquí comprabas los autitos de colección Matchbox, remeras Lacoste, vaqueros Levi`s, perfumes franceses. Al lado abrieron otro comercio igual, Ínsula, pero duró poco".

La heladería Gorlero quedaba en la esquina de la 29, donde hoy está Il Mondo de la Pizza, y luego se mudó para el frente, donde está la confitería Charly.

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"Los años más divertidos fueron los de Clinton", admite Bonner. Había más de una fiesta por semana. "Ahí conocí a Elizabeth Taylor, Barbra Streissand o Whitney Houston. Bill Clinton bailaba mucho con Whitney Houston".

Bush hijo, en cambio, era más conservador. "Casi no hacía fiestas. Se acostaba a las diez de la noche todos los días. En todo su mandato apenas organizó seis "State Dinners", cenas con invitados oficiales. Las más divertidas eran las hijas gemelas de Bush y Laura. "Hacían fiestas de disfraces, con concursos y premios, y andaban todos los jóvenes corriendo descalzos por la Casa Blanca. Son muy agradables Jenna y Barbara".

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En la esquina de Gorlero y la 30, ya sobre el final, la vieja estación de Ancap, en el edificio coronado por una torre con reloj, hay un locutorio y un restaurante, pero el cartel de Ancap aún cuelga en la entrada como testigo, u olvido, de los viejos tiempos.

Cruzando la calle, la inmobiliaria Gattás sigue en su casa de 1930, de techo a dos aguas, aunque ahora invadida por carteles publicitarios de bancos y empresas telefónicas. Al lado está la inmobiliaria Stern.

"¡Ahí está Benito Stern, sentado en el escritorio!". Rodolfo Bonner cruza la calle al galope y abre la puerta de cristal de la inmobiliaria. "Benito, usted es el hombre", dice. "Soy Rodolfo Bonner y estoy haciendo una nota para el diario El País sobre la vieja calle Gorlero. ¿Podemos charlar?"

Benito Stern tiene palabra fácil y, con la misma facilitad, hace brotar un torrente de recuerdos de su niñez en Gorlero. Evoca el antiguo mercado que estaba en la calle 15, "donde hoy está el edificio Lafayette", el almacén La Abundancia, de Pedro Scalone, la casa Adams (hoy Club House) y la Tienda Inglesa en la calle 17, "donde mi viejo me compró una campera de gamuza de Suiza...".

Recuerda el Tico-Tico, "que fue el primer pub de copas, del inglés George Cooper", haciendo cruz con el restaurante Strómboli, muy cerca de donde su padre tenía la Tienda Simón.

Recuerda la confitería Fragata. "Iba gente muy pituca, extranjeros y personajes famosos. Una noche llegaron a cerrar la confitería para una fiesta privada y pasearon una mujer desnuda sobre una bandeja".

Bonner insiste: "¿Y no recuerda cómo se llamaba la heladería que había más hacia la Punta?".

"La heladería Miguelito, entre la 19 y la 21", dice Stern sin dudar.

"¡Miguelito, claro!", exclama Bonner. "¡Qué Dios le conserve la memoria, Benito!".

Perfil

Nombre: Rodolfo Bonner

Nació: Montevideo

Edad: 61 años

Otros datos: Desde 1986 reside en EE.UU.

La pasión por el rugby

Rodolfo Bonner estudió en el British School y terminó el liceo en Fatima School. Fue jugador de rubgy en su juventud. Militó en Old Boys y después se abrió para fundar con un grupo de amigos el club La Cachila, equipo que logró el primer quinquenio del rugby uruguayo (1971-75). Bonner, adepto al Partido Nacional, llegó a Washington en la década del ochenta cumpliendo la promesa de irse del país si ganaban los colorados en la primera elección después de la dictadura. En 1991 consiguió trabajo en Blair House, y al poco tiempo ingresó como mozo sustituto de la Casa Blanca y lo llaman cada vez que un evento importante supera la capacidad de los seis mozos fijos.

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