Igualdad y felicidad

Ignacio de posadas

Mi anterior artículo fue una consideración acerca de la igualdad, bajo sus distintas formas (ante Dios; ante la Ley; de trato y material) deteniéndome sobre esta última, por ser prevalente en nuestra cultura nacional contemporánea y para marcar las consecuencias negativas que, con frecuencia, produce: frustración, envidia, rencor y pérdida de libertad.

Entonces, ¿la igualdad material (fundamentalmente económica), no cuenta? "Típica elucubración de rico neoliberal", se me dirá. Cuenta. La igualdad cuenta, pero no como valor moral máximo y tampoco como resorte principal en la felicidad del ser humano.

Para empezar, somos bichos muy propensos a la comparación: vivimos comparándonos. Es una importante fuente de consuelo (generalmente trucho).

Pero aun cuando es un ejercicio que suele hacerse por motivos equivocados y para sacar conclusiones igualmente erradas, es como innato y eso hace que la Democracia, régimen basado en el gobierno de mayorías, funcione mal, con excesivas tensiones, en sociedades con agudas desigualdades económicas (y por tanto, sociales). En eso, cuenta.

Ahora, la felicidad es bicho de otro pelo, totalmente distinto.

Cierto es que no hay una sola fórmula de felicidad. Gracias a Dios y por eso no se debe permitir a nadie decidir sobre cuál deba ser el contenido de la felicidad para mí. Ahí está uno de los pilares sobre los que se basa la libertad de cada y todo ser humano.

Pero, admitido que no hay UNA felicidad, debe también admitirse que la igualdad material no integra ninguna de las posibles fórmulas de la felicidad.

Puede ocurrir y de hecho es constatable, gente que parece llenar su vida comparándose favorablemente con los demás y así emplea el grueso de sus recursos, internos y externos, en abonar la comparancia (con prendas de marca, cadenas de oro, autos, etc.). Sea que juzguemos eso como felicidad o como vanidad, la igualdad material no juega ahí rol alguno. Nadie es feliz por saberse (o creerse) igual.

Podré sentirme profundamente infeliz si la falta de igualdad me lleva a la envidia y al rencor, pero si las distancias se achican en la forma en que suelen hacerlo, nivelando para abajo, eso, de por sí, no hace feliz al ser humano. ¿Pero y si se achicaron porque yo mejoré, económicamente? Ahí sí habrá una satisfacción (quizás hasta una felicidad temporaria), pero no en función de la igualdad, sino de mi superación.

Quizás el problema está en que no sabemos qué es la felicidad y por eso la buscamos por caminos equivocados.

En el Uruguay, desde hace un tiempo (que antes no era así), se ha hecho fórmula social arquetípica, a la hora de despedirse dos personas, decir: "pasarlo bien".

Con ella se manifiesta afecto, a través de un deseo favorable. ¿No es revelador que ese buen deseo para el otro sea algo tan efímero y ramplón como el mero pasarlo bien?

Creo que no se ha llegado a este ritual social por casualidad y que no es un mero juego inconsecuente de palabras: hemos reducido nuestra concepción del ser humano y nuestra visión de la felicidad a un mínimo, de escaso contenido y nula trascendencia.

Curiosamente, la fórmula no parece estar cayendo en desuso a pesar de que, habiéndose empleado como objetivo rector durante mucho tiempo, no produce la felicidad deseada.

Los uruguayos, mayoritariamente, venimos pasándola bastante bien hace ya varias décadas y cuando las circunstancias externas nos constriñen, bajamos un poco el nivel de la pasada bien, pero eso no parece hacernos más felices (ni, ciertamente, mejores).

La convicción, sin embargo, perdura. Es lo que explica, en buena medida, el triunfo de José Mujica.

Más allá de cuáles sean sus fuerzas interiores, difíciles de discernir por su discurso, artísticamente incompleto e inconexo, Mujica atrae a quienes creen, o quieren creer, que la felicidad se obtiene bajando la vara para alcanzar un buen pasar.

En esa concepción la igualdad material sí es importante: yo no la pasaré bien si tengo que romperme el lomo y todavía arriesgar, sin certezas.

Por eso, mi garantía está en que se distribuyan los resultados que otros (sospechosos, obviamente, si se están enriqueciendo cuando yo no lo estoy), producen o alcanzan.

Denostando el traje y la corbata, el orden y la prolijidad, la riqueza y la propiedad; ensalzando lo desprolijo y el pobrismo, una sociedad podrá pasarla bien, por un tiempo y siempre que tenga quien la engrupa bajando la vara a medida que los esfuerzos son más flojos y sus resultados acordes.

Pero no será feliz por ese camino y perderá en él a los más capaces.

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