Alfonso Lessa
En realidad pasó lo que todo el mundo sabía que iba a pasar: la respuesta negativa del Frente Amplio a un debate, fue una noticia largamente anunciada. Más aún, la había proclamado reiteradamente durante la campaña para octubre, el propio Mujica: voy a debatir -dijo- si me conviene. Y parece claro que, basados en las encuestas, los frentistas consideraron que no le convenía.
El Partido Nacional hizo lo que tenía que hacer: intentar un cambio de postura que sabía casi imposible y, en todo caso, tratar de hacerle pagar algún costo político al Frente y sus candidatos por la respuesta negativa; sobre todo porque los blancos aceptaron la idea de la coalición de izquierda de concretar un debate de fórmulas y no de candidatos.
El Frente Amplio también hizo lo esperable: dijo que "no" y encontró en la agria polémica sobre el arsenal de Feldman, una excusa ideal.
La coalición de izquierda no hizo más que reiterar lo que ha ocurrido en el Uruguay en las últimas tres elecciones: medir su viabilidad con parámetros de estricta conveniencia partidaria y utilizando para ello las encuestas como brújula.
No hubo debate en las recientes internas porque los candidatos -con alguna excepción- no querían provocar heridas en sus propios partidos. Luego no tuvimos debate en octubre. Ni, obviamente, lo tendremos ahora.
A veces son unos los que dicen que no y otros los que reclaman. Después ocurre que los que reclamaban se niegan y viceversa.
Al contrario de lo que ocurre en muchos países democráticos, la ausencia de debates se ha transformado en un elemento distintivo de la cultura política nacional. E incluso existen quienes cuestionan su aporte, también al contrario de lo que en otras partes, donde la confrontación directa de ideas es un requisito necesario para los votantes. Y cuya no realización implica costos políticos. Exactamente al revés, también de lo que ocurre en el Uruguay.
La semana política, muy cerca ya de las elecciones, transcurrió entre el "debate sobre el debate" y la discusión sobre los eventuales vínculos políticos del arsenal de Feldman. Dos temas que relegaron casi por completo cualquier discusión programática, aunque algunas de las propuestas de unos y otros asomaron entre las sombras.
El arsenal de Feldman se robó casi dos semanas de la campaña, pero nada se ha aclarado. El de Feldman es el arsenal clandestino más grande encontrado en la historia del Uruguay. Nunca antes se habían hallado tantas armas juntas, ni en la época de la guerrilla. Y hubo una clara intención del comando electoral blanco de ligar el hallazgo al MLN, pero no han aparecido elementos que permitan probar eso.
La interpelación del diputado Gustavo Borsari formó parte de una estrategia que logró ubicar el asunto en el eje de la campaña. Pero no pudo ir más allá de eso. Y tal como se escribía en esta columna la semana pasada, una postura como la que se adoptó -en particular luego de la intervención de Jorge Batlle- puede actuar como un bumerán sin pruebas determinantes. El senador Eber Da Rosa -hombre cercano a Jorge Larrañaga- marcó cierta distancia autocrítica con lo ocurrido. Seguramente no expresaba sólo una opinión personal.
Al cierre de la semana pareció vislumbrarse un cambio en la campaña, más cercano al debate de ideas e incluso de modelos, que a los choques de personas y los cruces de acusaciones. Incluso la llamada telefónica de Jorge Larrañaga a José Mujica para tratar de acordar condiciones para un debate entre fórmulas, constituyó una señal en procurar de lograr un mejor clima. Aunque habrá que ver.
Con las encuestas a su favor, es probable que el Frente Amplio trate de innovar y arriesgar lo menos posible. Y parece razonable esperar que los blancos procuren mantenerse a la ofensiva. El dilema fundamental es cómo hacerlo.