Los integrantes del sedicente Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros y, adláteres, han atravesado diversas etapas en su actuación clandestina y pública. Al principio de ella notoriamente influidos por la revolución castrista y por el Che Guevara (que, paradojalmente, postuló, aquí, en el Uruguay, que este país y su democracia no eran compatibles con ningún conato revolucionario), dichos sediciosos, levantados contra el gobierno libremente elegido por el pueblo uruguayo, llevaron a cabo múltiples acciones terroristas que trastocaron los cimientos de nuestra sociedad. Así lo muestra y demuestra, objetivamente, una lista publicada por Sergio H. Molaguero, una de sus tantas víctimas: les atribuye 50 copamientos, 32 ataques a propiedades públicas y privadas, 134 robos, 70 asesinatos y 20 o más secuestros.
No se trata de una minucia, por cierto, sino de horror y el terror cuantificados que impuso una banda compuesta por antisociales que tienen nombre y apellido y que se encuentran, hoy, ocupando altos cargos desde los que pontifican irresponsablemente. ¿Habrá que publicar el "pedigree" de cada uno de ellos?
Luego de ese periodos sangriento sobrevino una segunda etapa: los sediciosos se transformaron en jueces inapelables de aquellos que los enfrentaron y vencieron. Es así que, autocalificados como moralistas y defensores de la democracia -¡vaya descaro!- ganaron la batalla propagandística al lograr satanizar a los militares como corporación y, en lógica consecuencia, consiguieron santificar a los delincuentes aplastados por sus golpes, es decir, a sí mismos.
Esta extraña versión impregna la historia reciente que el frenteamplismo impuso en las aulas a fin de captar para su falsa iglesia a las próximas generaciones. Obviamente, esta historia oficial del período omite señalar los hechos terroristas que protagonizaron sus compañeros marxistas, leninistas, maoístas y castristas.
Llegamos, así, al tercer capítulo de un proceso que no deja de asombrarnos y de irritarnos: los sediciosos vencidos, devenidos en moralizadores baratos, se convierten, ahora, en gobernantes, parlamentarios y beneficiarios de todos los altos cargos de la administración pública. Como se ve, la historia no siempre la escriben los vencedores.
¿Cuál de estas tres caras es la verdadera? ¿En cuál de ellas se podrá creer? ¿En la que marcó a sangre y fuego a nuestro país, en la que mostró su hilacha más hipócrita o en la que se satisface y goza con el néctar de un poder que no comparte con nadie? ¿La que se pronunció por las armas clandestinas o la que se inclina por las urnas?
Estas son interrogantes que tendrá que encarar y resolver la ciudadanía. Confiamos en ella y en su decisión, porque no son fiables quienes reúnen antecedentes tan tenebrosos y quienes enarbolan principios tan circunstanciales como contradictorios e incoherentes.
El paradigma de toda esta improvisación trivial es el candidato a la Presidencia por el Frente Amplio, José Mujica Cordano. Unas pocas palabras suyas, pronunciadas a través de los micrófonos de Radio Centenario, alcanzan para definirlo: "Ser revolucionario no significa andar escupiendo balas o razonando con consignas, significa poner toda la carne en la parrilla".
En verdad, no logramos penetrar en la presunta profundidad conceptual del personaje de marras. ¿Qué quiere decir? ¿Seguirá pensando como presidenciable lo mismo de sus tiempos de subversivo, cuando ordenaba, planificaba o ejecutaba actos terroristas? ¿Su principio rector seguirá siendo "como te digo una cosa te digo la otra?" ¿Habrá sido injusto su encarcelamiento o tanto él como sus compañeros de fechorías merecían ser separados de la sociedad civil?
Estas y otras preguntas son de planteamiento ineludible. El pueblo tiene derecho a saber de dónde viene y hasta dónde puede llegar un presidenciable y quienes lo promueven. Saber, por ejemplo, si con criaturas seráficas -como ellos sostienen- que padecieron injustamente la persecución por parte de los militares que combatieron a la sedición o si, efectivamente, fueron partícipes conscientes y, por tanto, condenables, por el intento de sustituir nuestra institucionalidad democrática por un régimen revolucionario probadamente liberticida. Esta cuestión hay que dirimirla cuanto antes, que el voto de la ciudadanía se pronuncie con pleno conocimiento de causa y que no sea orientado, en cambio, por el engaño, el maquillaje y el doble discurso con lo que el aparato propagandístico marxista acostumbra obnubilar voluntades para, finalmente, arrojarlas a su oscurantismo.