El campeón de la nada

A los 74 años de edad, José Mujica es una figura con una trayectoria política relativamente corta. No interesa hoy su pasado como terrorista: la sociedad, a través de un legítimo Poder Legislativo, le concedió el beneficio de la amnistía -con los votos de los partidos tradicionales-, a poco de volver en 1985 al camino de la democracia. Cuatro años más tarde, el MLN fue admitido -con ciertas resistencias- dentro del Frente Amplio (el Movimiento 26 de Marzo, puerta de entrada a la organización, había sido uno de los fundadores de la coalición), como Movimiento de Participación Popular (MPP), pero los antiguos guerrilleros se negaron a participar en la elección (Lacalle presidente y Vázquez intendente de Montevideo).

Sí lo hacen en 1994 y a Mujica le corresponde una de las dos bancas obtenidas en la Cámara de Diputados. En 1999 es electo senador y en 2004, con el triunfo del Frente Amplio, el pueblo lo reelige y su Movimiento pasa a ser aplastante mayoría dentro del conglomerado de izquierda. El presidente Vázquez lo designa Ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca.

Mujica basó su breve y exitosa carrera en la ostentación de su forma de vestir descuidada, su inquina al peluquero, al peine y la hoja de afeitar y su manera de hablar directa y por momentos soez, matizando groserías con sabiduría criolla y dichos camperos, que contrastaba con la cuidada expresión de los políticos, sobre todo ante medios de comunicación masivos. Una suerte de "viejo Vizcacha" en el honorable Palacio de las Leyes o al frente de una de las Carteras más importantes en nuestro país. Sólo eso. No se le recuerda ninguna intervención parlamentaria; no fue miembro informante de ninguna iniciativa seria ni llevó adelante ninguna interpelación. Ocupó su banca y la ha vuelto a ocupar sin que los anales parlamentarios registren un discurso de fondo, reflexivo y profundo, sobre cualquier tema. A elección, pero no hay ninguno.

Si anodina fue su actuación legislativa, más gris aún fue su gestión en el Ministerio. Su designación creó expectativas en un grupo grande de productores, desgastados por las consecuencias de su alto endeudamiento. Pero el desenlace no llegó por vía del ministro. Mujica dejó todo como estaba y las políticas previas se continuaron. Se mantuvo al alza la tendencia esbozada durante la administración Batlle de mejores precios para los productos del campo y por ahí vinieron soluciones. Para los que no fue suficiente, por lo menos se favorecieron por el mayor valor de sus tierras, que las vendieron para saldar sus deudas. A algunos les quedó un saldo y se mudaron a campos más baratos. Para otros el agro quedó en su pasado.

Se siguió con la política de sanidad vegetal, sanidad animal, entrega de vacunas contra la aftosa, y la trazabilidad (todas de la época de Batlle o anteriores), lo que permitió el mantenimiento y apertura de mercados al amparo de una formidable bonanza internacional, que levantó a niveles nunca vistos los precios de los comoditties.

Los méritos que se le conocen fue la descentralización de la Secretaría de Estado que generó el Consejo Agropecuario Nacional (órgano que nuclea las direcciones del MGAP y entidades públicas y semipúblicas) y ante problemas puntuales como situaciones de seca se dedicó a ayudar a los pequeños productores familiares (aquellos con menos de 500 ha., que no tienen más de dos empleados permanentes y residen en el predio o un poblado que no quede a más de 50 kilómetros del establecimiento).

¡Ah! E inventó el "asado del Pepe", un producto de muy mala calidad, que permitió que la gente se acercara a las carnicerías y terminara llevándose otro corte de carne.

La gestión ministerial de Mujica tuvo otro efecto: en los años que ocupó la cartera se registró el mayor monto de ventas de campos uruguayos (2.380.554 hectáreas, sólo en los años 2005, 2006 y 2007) y de acuerdo a lo manejado por la Dirección de Estadísticas Agropecuarias (DIEA) alrededor del 75% del total fueron vendidas por uruguayos a extranjeros.

En definitiva, Mujica pasó por el MGAP y no dejó prácticamente ninguna obra. Sí decenas de palabras disparadas al viento, que el viento se ha llevado. Solo una frase se salvará del ostracismo, aquella que contiene su patética autodefinición de cómo encara la política y los problemas de Estado: "como te digo una cosa, te digo la otra".

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