Una cita ineludible con la obra del "flaco" Luis Alberto Spinetta

Único. Su concierto será esta noche, a las 21.00 horas, en el teatro Solís

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ALEXANDER LALUZ

Siempre flaco, huesudo, y de pelo enmarañado. En el interior, una sabiduría poética y musical únicas que fluyen en sonidos trenzados en multiplicidad de viajes musicales. Su inmediata estación, el teatro Solís. El arribo será esta noche, a las 21.

Solamente Spinetta es el título del espectáculo que dará este señor del rock (y otras yerbas cultivadas en la fusión) que luce con mucha altura sus casi 60 años. En el escenario, Luis Alberto no estará solo. Su aparcero será Claudio Cardone, que con su teclado lo viene acompañando desde hace varios años.

El repertorio no tiene misterios: una selección de su prolífica obra y (ojalá) muchas piezas de su último trabajo discográfico, Un mañana (2008). Y el resultado está asegurado. Para fanáticos, simpatizantes, o recién llegados a su música, el concierto promete ser una clase de cómo viajar simultáneamente y con virtuosismo por la poesía y el sonido. En fin, eso que desde hace algunos siglos suele llamarse "arte", categoría que el occidente culto y pasatista reservó (y todavía lo sigue haciendo) para los maestros de la historia europea.

La tentación de caer en la apología facilista, apurada (o la simple publicidad) de la música de Spinetta es fuerte. Para varias generaciones, sus discos fueron parte de las bandas sonoras que acompañaron el acné adolescente, el ingreso a la juventud, la (irremediable) maduración. Él también creció, como creador e intérprete, junto con esas generaciones. Esto lo convirtió en mito (claro, con cierto apoyo mediático) roquero, o héroe fundacional, referencia inevitable, y, por supuesto, como nombre para ser citado en cuanta lista de "influencias" haya por ahí.

Por todo eso es entendible que su última presentación en Uruguay, en el ciclo del pub Medio y Medio, en Punta Ballena, fuera como un viaje fascinante por la magia sonora. Esta noche, esa magia tendrá una nueva réplica, o, mejor dicho, casi la misma, ya que las condiciones son algo similares: él con su guitarra, Cardone en los teclados y secuencias, pero en un escenario donde la intimidad depende más de los gestos (los musicales y los corporales) que del entorno. Y, quizás, termine con la misma confesión con la que cerró aquella noche de enero, cerca de un mar algo distinto: "Muchas gracias, cuando aprenda a cantar y tocar volveré". Si no la pronuncia, tengamos la certeza de que la frase estará resonando en su cabeza.

Aunque el mito encandile, es el hombre de carne y hueso, falible, buscador y hacedor, que pulsa en la creación. Un escucha (o simple oyente) desprevenido no dejará de notar el carácter "raro", "extraño", "difícil", de la música spinettiana. Para el más avezado, quizás también, pero con una salvedad: el peso del mito no lo dejará confesar esa extrañeza. Y es real. Las composiciones de Spinetta se cargan en algunos casos de un enmarañado expresionismo (y no en referencia a aquel movimiento estético-filosófico), que engarza complejas armonías con diseños melódicos igualmente difíciles, que suelen volar hacia tonalidades poco "amigables" con el pop, e imágenes poéticas herméticas. En esa búsqueda, sin embargo, hay hallazgos de enorme valor expresivo, estético. Su último disco, Un mañana (2008), por ejemplo, reboza de esas gemas, con las que define un itinerario sonoro exigente, que demanda de una escucha detenida. Para este trabajo (una obra de arte integral), Spinetta contó con socios muy afines a este costado de su estética: en teclados, Nerina Nicotra en bajo y Sergio Verdinelli en batería, y los guitarristas Sartén Asaresi y el uruguayo Nicolás Ibarburu. De ese laboratorio que es Un mañana, armado en el clásico silencio spinettiano, merece muchos "playlist". Pero algunas presencias son "obligatorias": Canción de amor para Olga, La mendiga, Hombre de luz (y sí, la lista es caprichosa, subjetiva, criticable, mejorable).

Este Spinetta complejo (y en muchos momentos imprescindible) conserva ciertos aires de aquellos sonidos históricos que parió con Almendra (en los 60`), con Pescado rabioso (en los 70`), o de discos fundamentales como Don Lucero (1989), Pelusón of milk (1991). Y quizás algo menos clara sea la huella dejada por el pulso roquero del power trío Los socios del desierto (en los 90`). Pero este disco sí se puede tomar como un punto de llegada para un búsqueda que tiene un mojón importante en Pan (2006).

Un artista (de) culto

La música de Luis Alberto Spinetta resiste empeñosamente las etiquetas. Lo más simple es calificarlo como rock a secas. Pero, sin duda, la categoría le queda chica. Con la inefable "fusión" ocurre lo mismo. En definitiva, insistir con esta discusión es abrir un frente analítico tan pretencioso como estéril. Spinetta sí tiene una sabiduría muy particular para sintetizar lenguajes. Lo que resulta es, en la mayoría de los casos, un obra única, original que reboza referencias "cultas" en lo poético y en lo musical: Artaud, Jung, Foucault, Debussy, Schoenberg.

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