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Moisés Bonilla pasó cinco días en la habitación de un hospital, con dificultades para respirar, junto a otras personas sospechosas de padecer gripe porcina. Vio morir a la mujer que estaba en la cama contigua.
Bonilla vivió para contar su historia, pero ahora, al igual que otros sobrevivientes al padecimiento, enfrenta el rechazo de los vecinos, temerosos de contagiarse, incluso en momentos en que el gobierno del país protesta por la cuarentenas en que varios mexicanos fueron puestos en el extranjero.
La mayoría de los más de 1.000 sobrevivientes confirmados al padecimiento en México permanece en el anonimato.
"Los mismos mexicanos nos estamos discriminando. ¿Cómo será en los otros países?", dijo Bonilla, quien era trabajador de mantenimiento y ahora está desempleado. El hombre usaba una mascarilla quirúrgica blanca dentro del apartamento pequeño, de dos alcobas, que comparte con su esposa, dos hijas adultas y dos nietos.
Ocho días después de salir del hospital, Bonilla estaba prácticamente recuperado el miércoles, aunque todavía no se arriesgaba a salir, salvo para las revisiones en la clínica pública que lo atiende.
Decidió contar al mundo su historia porque algunos mexicanos están desestimando la epidemia y propagando rumores de que se trata de un invento del gobierno.
Incluso los mexicanos saludables han sido víctimas del miedo. La semana pasada, algunos residentes de Acapulco arrojaron piedras a los vehículos con matrículas de la capital, disgustados ante el hecho de que cualquier persona procedente del epicentro de la epidemia ingresara en esa ciudad-balneario.
Bonilla no es el único sobreviviente de la gripe porcina sorprendido por las reacciones de las demás personas.
Julián Sosa, estudiante de cardiología, de 30 años, pasó cinco días en casa, tomando Tamiflu, en otro caso ahora confirmado de gripe porcina.
Se sintió muy mal - apenas podía abrir los ojos y sintió como si alguien le propinara una paliza-. En esa condición, no se enteró de lo que ocurría en el resto de la Ciudad de México.
Sosa pasó el martes, su primer día desde la recuperación, caminando alegremente por un parque con su novia. Esa noche, encendió finalmente la radio y por primera vez escuchó los reportes de los mexicanos que se quejaban de malos tratos y discriminación, tanto en México como en el extranjero.
"Sí lo resiento un poco, pensar que la gente que te trató bien de repente de puede rechazar", dijo Sosa.
Varios vecinos de Bonilla se disgustaron cuando descubrieron cuál había sido su enfermedad mediante los diarios y la internet. Preguntaron insistentemente si era seguro estar junto a él. Se mostraron inquietos por la posibilidad de comprar golosinas y bebidas en el puesto que tienen su esposa y su suegra en Iztapalapa, una de las demarcaciones más pobres de la capital.
La esposa de Bonilla, Blanca Estela Artos, convenció finalmente al epidemiólogo de un centro local de salud, operado por el gobierno, para que diera una charla en el edificio de apartamentos donde vive la pareja.
Un pequeño grupo de asistentes se reunió en torno del doctor Eberardo Ayala, en un patio. Algunos se reclinaban sobre el brandal de una escalera de concreto, con fisuras. Artos usó una mascarilla, pero su marido se quedó en casa.
Ayala trató de explicar que Bonilla no podía ya contagiar a los demás, y alentó a todos a seguir tomando precauciones mientras dure la epidenia.
"El está completamente curado", dijo Ayala, con su mascarilla quirúrgica. "Ello significa que la situación de Moisés no es ya un problema. El problema es si ustedes no toman las precauciones sanitarias, como lavarse las manos".
Algunos se mostraron confusos.
"Si no nos acercamos a Moisés, podemos enfermarnos?", preguntó María Socorro, ama de casa.
"El señor Moisés no representa ningún riesgo para ustedes", repitió pacientemente Ayala.
Pero pronto se calentaron los ánimos.
Una mujer dijo que Artos no respondía a sus preguntas sobre Bonilla. Otra, vestida con un conjunto deportivo de color de rosa, gritó: "No estamos discriminando! Sólo queremos información!"
AP
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