Todo es relativo. Hasta en las cosas lóbregas de este mundo hay matices, igual que en la gama que abarca una escala de colores. Por eso se puede hablar de violencia criminal y entender que en la expresión hay lugar para toda una escala de grados e intensidades, desde un gesto agresivo de tono menor hasta un pico de bestialidad que ya resulta difícil calificar. El tema debe merecer atención, porque últimamente en este país la violencia aparece citada con más frecuencia que antes, quizá porque también hay referencias más numerosas a la inseguridad, que es la perturbación social, el clima alterado o el estado de ánimo colectivo provocado por esa violencia. De la misma manera que la incomodidad puede ser el efecto de un calor excesivo, la inseguridad es la consecuencia de un recrudecimiento de las actividades criminales y se instala en una sociedad como rasgo permanente cuando esas actividades se convierten en una característica que distorsiona la vida diaria de la gente, en todos lados y a cualquier hora.
No a todo el mundo le gusta que se mencione la violencia y tampoco que se hable de inseguridad. El tratamiento del tema irrita a algunos observadores que parecen tener los ojos en la nuca. En esos casos se trata de personas que no parecen sentirse en peligro, tampoco parecen alarmarse ante los niveles de ferocidad homicida que ha alcanzado el delito a mano armada y ni siquiera parecen escandalizarse ante los índices de criminalidad que albergan las sociedades incapaces de reprimirlos y que son por lo tanto ineficientes a la hora de defender la vida humana, ese valor que cada día que pasa está sujeto a un riesgo mayor ante la ascendente brutalidad que asumen los ataques de la delincuencia. En la tierra de nadie que constituyen ciertos barrios periféricos, la vida humana pende de un hilo, sometida a los vaivenes del azar callejero y de la amenaza mortífera que pueda cruzarse de pronto en el camino de cualquier ciudadano.
Pero a cierta gente le disgusta que se hable de esos temas. Una figura de la música popular uruguaya opinó en estos días que "la inseguridad es algo que se utiliza muchísimo políticamente. Los medios de comunicación hacen mucho pamento. Pero siempre hubo delincuencia, aunque capaz que ahora (los que la practican) son más jóvenes". En el matutino que publicó esas declaraciones, la página policial estaba encabezada sin embargo por este título: "Tiempos violentos. Cuatro crímenes en sólo 24 horas". Una ministra de la Corte Suprema de Justicia de la Argentina, está de acuerdo con el músico. Dijo que la inseguridad "es inflada por los medios de comunicación". De acuerdo a esos puntos de vista, la gente sería tan pusilánime que no se atemoriza ante la realidad sino ante un cuadro irreal, inflado por el sensacionalismo periodístico. Por lo tanto, la colocación de rejas sobre puertas y ventanas en un elevado porcentaje de casas montevideanas -un recurso masivo que ha desfigurado el paisaje de la ciudad- no obedece a una auténtica emergencia o a un temor justificado, sino al manejo político de la inseguridad o tal vez a la enorme capacidad de los medios de comunicación para inflarla.
Curiosamente, el argumento esgrimido por esos seres a quienes les fastidia toda referencia a la inseguridad, es un arma que se vuelve contra ellos, como si describiera el vuelo circular de un boomerang. Porque en las acusaciones que formulan -utilización política o manipulación periodística de la inseguridad- se trasluce la intención de defender a los gobiernos bajo los cuales se produce esa escalada criminal. Y en su actitud (que desde luego también es política) se transparenta un reproche a la oposición, como fuerza embarcada en una campaña que busca desacreditar al gobierno mediante la exageración de la violencia que acecha a la población. La maniobra sería habilidosa si no estuviera revestida de tanta simpleza.
La verdad, lamentablemente, es más temible y sobre todo es más palpable que esas suposiciones manejadas por algunos aliados de las tiendas oficialistas. Para abrirles los ojos habría que recurrir a puntos de referencia difíciles de desmentir. Habría que recordarles, por ejemplo, que un asesinato a sangre fría era un hecho inusitado hace apenas una década, pero es ahora un hecho habitual en medio de los episodios delictivos que se suceden diariamente. Frente a ellos, la gente que los denuncia no tiene intenciones políticas. Lo que tiene -sencillamente- es miedo.