GUILLERMO ZAPIOLA
El nombre del cineasta japonés Hirozaku Kore-eda no está aún suficientemente divulgado en Occidente, y es una pena. Se trata de un creador a tener en cuenta de quien se ha editado en DVD su film "Nadie sabe".
La historia se inspira en hechos reales. Una mujer vive con sus cuatro hijos (de cuatro padres diferentes) en un pequeño departamento de Tokio. Los chicos nunca han ido al colegio, y el propietario del piso ni siquiera conoce la existencia de tres de ellos. Un día, la madre desaparece, dejando un poco de dinero y una nota para que el mayor se ocupe de sus hermanos.
Allí comienza el verdadero drama de estos niños que sólo se tienen a sí mismos, y deben arreglárselas para sobrevivir en su pequeño mundo en el que deberán fijar sus propias re-glas. Cuando deban enfrentar al universo exterior, empero, el frágil equilibrio que habían logrado establecer comenzará a deteriorarse rápidamente.
Utilizando un recurso relativamente frecuente en el cine oriental, el director Kore-eda narra su historia a lo largo de un año, puntuándola con el paso de las estaciones, como si los cambios climáticos también implicaran transformaciones en la situación y las emociones de los personajes. El rodaje empezó en otoño de 2002 y siguió hasta el verano de 2003. El director fue editando la película a medida que la rodaba, un procedimiento muy poco usual en el cine (Laurel y Hardy también lo usaban) que le permitió hacerse una idea de cómo iba quedando el trabajo y planear lo que seguía.
Uno de los logros del cineasta es el rendimiento que extrae de sus intérpretes no profesionales. Las fronteras entre el documental y la ficción se borran en esta película en la que los propios protagonistas evolucionan y maduran a lo largo del rodaje, y donde la evocación de un mundo infantil o adolescente ha podido hacer pensar en Los 400 golpes de Truffaut.
Alguien ha dicho ya que Nadie sabe es una de esas películas que "no cuentan nada y lo cuentan todo". No hay grandes culminaciones, no se producen importantes giros en la trama, e incluso algunos picos dramáticos aparecen presentados sin énfasis. El tránsito pausado, cotidiano, del relato, refuerza la sensación de intimismo y calidez que la película comunica. Rutinas diarias, sucesos comunes (generalmente en el departamento, a veces en el exterior), arman esa crónica de todos los días.
Los niños juegan, cuidan la casa, estudian por su cuenta, mientras Kore-eda entreteje pequeños detalles, gestos, miradas, posturas, actividades, con un abundante empleo de planos cercanos que refuerzan la idea de un mundo enclaustrado, y un progresivo deterioro anímico que se expresa en lo físico: el color de unas uñas pintadas que se descascara, una maceta que cae, una mancha en el suelo de madera, la heladera que se vacía, el mal olor.
El relato avanza, suelto y fresco, pero también inexorable: a medida que pasa el tiempo y las oportunidades parecen irse cerrando para los personajes, se aproxima también el duelo inevitable con el mundo, y un futuro problemático.
Incidentes menores, largos silencios, un inspirado dominio de la herramienta cinematográfica que no busca el lucimiento sino que va directo a las emociones de los personajes, constituyen el instrumental de Kore-eda a la altura de ésta, su cuar-ta película. Si se quiere puede emitirse el lugar común de que Nadie sabe fluye con la naturalidad de la vida, y luego perdura largamente en el recuerdo de su espectador.