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MIGUEL CARBAJAL | LAS COLUMNAS
El penúltimo ranking de las beldades del cine a través de su historia resultó tan etnocentrista como se pensaba (nueve famas de Hollywood en los diez primeros puestos), y bastante más nostálgico de lo previsible, aunque no se tomó en cuenta el tramo fundacional.
Con el consabido peaje al marketing actual. Una holandesa que se crió en Inglaterra y debutó con furia en los Cincuenta fue elegida al frente de la selección. La designación de Audrey Hepburn como cabeza de puente fue un tributo a los logros de refinamiento del cine. Y la evidencia de una memoria robusta.
Existen generaciones enteras que desconocen su existencia como producto independiente de los grandes estudios y su resistencia a efectuar una carrera tradicional. Como acompañante de la Hepburn se le eligió una ladera de lujo. Grace Kelly fue realmente una rubia distinguida y predestinada a ser una princesa. Terminó siendo la más Grimaldi de los Grimaldi. Ya pertenecía a la realeza del cine cuando la tentaron con una diadema en Mónaco. Provenía de una familia adinerada con etnia irlandesa que hizo fortuna en los negocios inmobiliarios. Tuvo una trayectoria fulminante, con injusto Oscar y todo. Se relacionó con Oleg Cassini, el modisto de Jackie Kennedy y un señor muy mundano, y mantuvo una vida sentimental ajetreada y secreta hasta convertirse en la actriz preferida de Hitchcock. Los coqueteos con un James Stewart momentáneamente tullido en La ventana indiscreta, deparó alguno de los momentos más tórridos de una industria casi frígida por culpa del Código Hays. Un actor enyesado y una hermosura desenvuelta lograron destellos de tensión erótica dentro de una trama policial. El resto es puro jet-set.
En los primeros puestos aparecieron también las clásicas referencias a Marilyn Monroe y Sofía Loren, dos glorias del pasado aunque la actriz italiana siga con arrestos inusuales para una septuagenaria. Como tributo a la modernidad por último se tomaron en cuenta a Angelina Jolie, con su boca sobrevalorada y el cebo de Brad Pitt como testosterona que la espera en la intimidad; y la declinante Julia Roberts.
¿Por qué se eligió a la Hepburn? Por su arrasador encanto. Exhibía atributos contradictorios. Casi no tenía curvas, resultaba asexuada por momentos, pero compensaba esas carencias con una gracia y un charme que nadie enarboló a su altura. El efebo que apareció en La princesa que quería vivir, causó un impacto memorable. Su frescura y el delicioso inglés que articulaba advirtieron sobre su potencial. Pero lo que la volvió una estrella total fue una sesión fotográfica para la revista Life mientras se filmaba Sabrina. Era el instante de la metamorfosis. Le cortaron el pelo largo, le idearon una garcon, le lavaron la cara hasta dejar totalmente al aire sus azorados ojos y obtuvieron la belleza del siglo.
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