Leonardo Guzmán
Preguntada por la Agencia Efe sobre el uso de las armas en la vida institucional, la senadora Lucía Topolansky respondió: "Nunca se puede decir nunca". Días después defendió su expresión invocando el contexto -que acaso no hubiera comprendido la periodista española que recogió sus palabras- y reafirmó ante el micrófono de El Espectador que había afirmado que "en política, en un país nunca se podía decir esto no va a suceder nunca más".
La frase no es nueva. Contradictoria, suena espiritosa y corre fácil. Es que muchas veces la contradicción parece que brillase como un faro para la inteligencia; y entonces nos resulta hasta natural, porque plantea una paradoja y la vida suele ser paradojal; o porque la vida fluye y en su devenir lleva y trae "corsi e ricorsi della storia"; o porque hasta en matemática suenan lindo los dichos que rompen la lógica como un exabrupto.
Pero en las orillas del Río de la Plata, la derogación del nunca por otro nunca suena a perjurio.
No pasó tanto tiempo como para que se borren los fundamentos del Nunca Más que como un imperativo del alma pronunció la Comisión Sábato en la Argentina, a principios del gobierno de Alfonsín.
Fresca está aún la proclamación nacional -2006- del 19 de Junio, Natalicio de Artigas, como Día para "asumir definitivamente el compromiso del Nunca Más" -¡nunca más terrorismo de Estado!, ¡nunca más dictadura!- en palabras y decreto del Presidente Vázquez.
Pronunciados por ciudadanos con ideas, trayectos y acentos contrapuestos, en esos Nunca coincidimos todos. Nadie normal puede desear un Estado en guerra con la libertad de sus ciudadanos ni un grupo armado que si se hace más fuerte que el Estado se convierte en el Estado mismo. Por tanto, tras haber vivido horrores, afirmar un límite moral y una esperanza absoluta significó proclamar una convicción sustantiva que afirmó al hombre por encima de las ideologías, de los contrapuntos pasajeros y de la manía decadente de debilitarlo y relativizarlo todo.
Pronunciada en el Uruguay por el gobierno del partido que fuere, esa afirmación es un jalón en la historia de nuestra libertad. Y como tal debemos defenderla, saliendo al cruce de la trivialidad y el desvío lógico que representa vaciar de contenido los Nunca que implica todo juramento de fidelidad a la Constitución.
Para nuestro sentido de la convivencia, la lógica de la libertad se funda en el amor y el respeto al prójimo, por lo cual a cada uno de nosotros nos exige llenar nuestros fugitivos minutos con los mejores Nunca y los mejores Siempre que logremos pensar. Esos Nunca y esos Siempre son los principios. Y en la empresa de máxima que es elevarnos a personas "nosotros y nuestros adversarios, nuestros hijos y los hijos de nuestros adversarios", no hay lugar para derogar los principios.
A pesar de las transgresiones de guerrilleros primero y de dictadores después, y acaso por eso mismo, la identidad del Uruguay no finca en un programa económico ni en la calidad de las piezas publicitarias contratadas para durar unos días. Todas las experiencias hechas, nuestra identidad está en la Constitución y en el mandato de llenar con sus valores lo más que permita nuestra humana condición.
Con sentimientos de izquierda, de centro o de derecha, eso exige robustecer nuestros Nunca y nuestros Siempre, en vez de licuarlos -tan luego con referencia a la muerte co-mo arma para lograr ideales.
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