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Francisco Gallinal
La peripecia vital de Manuel Oribe impresiona por su riqueza y por sus ribetes hazañosos. Vivió casi constantemente en riesgo, no porque lo buscara sino porque lo aceptaba como inherente a las causas que había abrazado.
Manuel Oribe Viana tenía 20 años cuando, acompañado de su madre y junto con su hermano Ignacio, pidió integrarse al ejército que sitiaba Montevideo, comandado por el General Rondeau. Tuvo su bautismo de fuego, en la batalla del Cerrito, el 31 de diciembre de 1812. El año siguiente y algunos meses de 1814 los pasó en Buenos Aires, realizando estudios militares regulares, los que aprovechó muy bien, porque en ese breve lapso se convirtió en un oficial excepcionalmente idóneo y muy versátil, ya que luego comandó competentemente unidades de artillería y de caballería, además de cumplir labores de inteligencia y logística.
Retorna en 1814 al territorio oriental, siempre en el ejército insurgente, al que pertenecían las fuerzas predominantemente campesinas que mandaba Artigas. En 1817, en el seno de un grupo de oficiales de innegable orientación revolucionaria, mantiene disidencias fundadas con el Jefe de los Orientales, las que los llevan a abandonar el ejército. Pasa entonces a Buenos Aires, sin interrumpir en absoluto su actividad castrense liberadora y republicana.
Su centro social y afectivo se hallaba, sin embargo, en la Provincia Oriental. La ocupación luso-brasileña hería su patriotismo. Se instala por eso en Montevideo, durante la Cisplatina, para conspirar contra el Imperio que la dominaba. Es uno de los Caballeros Orientales y forma parte del levantamiento organizado por el Cabildo Representante, en 1824. Fracasado este movimiento, se radica en Buenos Aires. Juan Antonio Lavalleja lo convierte en su mano derecha, desde el origen de los preparativos para invadir la Cisplatina y obtener por las armas el regreso de la Provincia Oriental al proyecto republicano de las Provincias Unidas. Oribe asume las principales funciones militares dentro de ese proyecto. Se erige en algo así como jefe de un informal Estado Mayor lavallejista. Dirige la planificación del desembarco, atiende la provisión de armas y caballos que debía esperar a los expedicionarios en territorio patrio, pasa más de una vez clandestinamente el río Uruguay para ajustar apoyos que debían producirse, como se produjeron, inmediantamente después de que pisara suelo oriental el núcleo comandado por Lavalleja.
Es impresionante la labor de estadista de Oribe. Por lo múltiple, por lo sistemática, por la claridad de sus propósitos, por la fecundidad de todas sus iniciativas. En medio de las inestabilidades agudas que lo rodearon, en ocasión de las insurgencias riveristas y de la Guerra Grande, se consustancia con sus ministros para desarrollar la función de gobierno junto a las de cabeza de un gran partido, jefe militar y custodio de los legados de la Patria Vieja y del período lavallejista que corre de 1825 a 1829, en el que se instauraron varias de las normas y las instituciones de nuestra República.
Oribe nos muestra cómo la esencia de la conducción política y de la función de gobierno consiste en el sostenimiento de pautas y en la creación social de instituciones. Nos dice, con la peripecia de toda su vida, que es fecundo jugarse entero, asumir riesgos, cuando ideales generosos guían la opción heroica.
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